—Concedo, D. Facundo, que en este caso particular, acaso tenga V. razón; pero consagrar la vida entera como V. a hacer obras de caridad, es digno de alabanza y recompensa.

—¡Recompensa! ¡recompensa!—exclamó con fuego el boticario.—Pues qué, ¿te juzgarás acaso resarcido del dinero que has dado por una butaca en el teatro después de haber pasado la noche quizá bostezando, y no te considerarás pagado del que regalaste a esos niños, gozando una hora de felicidad?

—Bien, pero V. es otra cosa: yo lo acabo de hacer por casualidad, mientras que V. lo tiene por costumbre.

—¡Mejor que mejor! Yo gozo todos los días tanto o más de lo que tú has gozado hoy...

Siguió desenvolviendo con brío su tesis nuestro farmacéutico, mientras caminaban hacia la Puerta del Sol. Miguel había concluido por guardar silencio, escuchando con placer y curiosidad aquellas peregrinas teorías. Al llegar a la esquina de la calle de la Montera, Hojeda volvió en sí de pronto y dijo en el tono afectuoso y humilde que le caracterizaba.

—¡Buena matraca te he dado, Miguelito! Perdona a este viejo chocho y vete con Dios a descansar, que aquí nos separamos.

Miguel se despidió de él apretándole con efusión la mano. Cuando se hubo apartado seis u ocho pasos, le dijo volviendo a llamarle:

—Conste, D. Facundo, que no me ha convencido V., y que es V. una gran persona.

—¡Un gran egoísta!—gritó el boticario alejándose.

V