¿Qué te pasa hoy? ¿Parece que estás triste?—decía la generala cierta noche, tomando las manos de su amante entre las suyas.

—Pues no tengo nada (al menos, que yo sepa)—repuso en tono humorístico él.

—Sí tal; hay en tu fisonomía cierta expresión melancólica; por más que trates de ocultarla con aparente alegría, no lo consigues; en tus ojos hay menos brillo que otras veces; tienes la mirada vaga y perdida...

—No; lo que tengo, es la mirada de perdido.

—Ríete lo que quieras: tengo un corazón que no se engaña. Tú estás triste, y me lo ocultas.

—Si tienes mucho empeño en ello, lo estaré; pero sólo por galantería. Por lo demás, nunca he estado más alegre.

—Pero la tuya es una alegría marchita... no tiene frescura... no sale del corazón... es una máscara. Yo quisiera, Miguel mío, saber todo lo que acontece en tu espíritu, todo lo que piensas, todo lo que sientes... No me basta saber los pensamientos y los sentimientos grandes; deseo conocer también los más íntimos; deseo escudriñar los últimos rincones, los últimos pliegues... quiero que no pase por tu cabeza una idea, aunque sea tan débil como el soplo de un niño, que no llegue a mi noticia... quiero conocer todas las emociones que experimentas, aun aquellas que apenas sean capaces de mover tu corazón... quiero entrar dentro de ti mismo... quiero formar una sola persona contigo...

Los grandes ojos azules, lascivos, de la generala, se clavaban con amorosa inquietud en su amante al proferir estas palabras.

Miguel despertó de la indiferencia en que yacía.

—Todo eso eres, cielo mío... Todo eso y mucho más—contestó, apretándole con efusión las manos.