El Cigarrero se puso muy serio y repuso enojado:

—A ti no te toca esí na de eso, Sebastián. Too esto señore pueen hablá lo que gusten, pero tú, hijo, no puée... ¿Tamo?

Merluza acortado, rectificó como pudo sus brutales palabras.

Era la primera vez que Miguel oía decir bien en un corro, de las personas del mismo arte o profesión que los presentes; y no poco quedó admirado de que fuesen los toreros, gente por lo regular inculta y plebeya, quienes dieran ejemplo de nobleza y compañerismo a los que cultivan otras artes más elevadas.

Tampoco admitió el Cigarrero las lisonjas que le prodigaron, lo mismo Enrique que sus amiguitos. Sin echarse por tierra con fingida modestia, supo colocarse en su verdadero sitio, esto es, por debajo de los espadas que entonces llevaban la atención del público, sin traer a cuento sus glorias pasadas o los tiempos en que gozaba de más renombre.

—Ya soy vieho. Ya no pueo competí con lo muchacho... Pero mase farta la guita, porque mi casa siempre se ha paesío un hospisio... y hago lo que pueo... y a vese un poquiyo meno de lo que pueo... Si Caytano aprieta en su toro, yo aprieto en er mío; si afloha, yo afloho... Si me sale un torito vivito y voluntario, le toreo por lo arto y le doy lo que pide er animá. Si me sale blando y sin vergüensa le doy un goyetaso ¡y a viví!... A mí me podrá hasé peaso un toro, ¡pero en la vía un roío buey!

Pasó un rato agradable Miguel, oyéndoles disertar en estilo pintoresco, sobre tauromaquia, que para ellos era el compendio de todas las ciencias, y el fin supremo de la vida humana, y se despidió al cabo afectuosamente, no sin haber sido antes convidado a una novillada de aficionados que Enrique y sus amigos estaban organizando a beneficio de unos náufragos que se habían perdido en el Adriático. Esta novillada había de efectuarse el próximo domingo en la plaza de los Campos Elíseos; sería presidida por la señora del ministro de Marina, dirigida por el Cigarrero, y nadie podría asistir a ella sin entregar un duro a la puerta, salvo los amigos invitados por los lidiadores.

Dos o tres días antes del señalado, pasó Miguel por casa de su tío Bernardo. Al entrar en el cuarto de Enrique, oyó gran ruido, como si trasteasen con los muebles; quedó altamente sorprendido al ver a su primo con sendas banderillas en las manos delante de una silla, levantándose sobre la punta de los pies en actitud de clavárselas. Aunque algo avergonzado a causa de la risa que a Miguel le acometió, no tardó en reponerse y manifestarle cómo se estaba ensayando en los cambios, salidas y cuarteos, pues era uno de los banderilleros que el domingo debían trabajar en los Campos.

—Pero esa silla me parece que se debe aplomar algo en la suerte de palos—dijo Miguel.

—Chico, no tengo otra cosa. Quise ensayar con el perrito de mi hermana, y mira lo que me ha hecho...