—Ahí donde lo ves, Miguel, hace veinte años era el torero que se tiraba más por derecho en España. En Sevilla ha recibido muchas veces.

—¿A quién?

—¡Al toro, hombre!

—Muy señor mío.

—Pero, claro, con los años se ha ido haciendo un poco tumbón... ¡Pero como inteligente!... lo que es como inteligente, ni Cayetano ni San Cayetano le ponen el pie delante.

Terminada la disputa, comenzó a hablarse de los toreros en boga. Los pollastres aficionados, y Enrique también, creyeron halagar al Cigarrero rebajando el mérito de ellos. Asombrole a Miguel el ahínco y la sinceridad con que aquél comenzó noblemente a defenderlos, aunque sin levantar la voz y sin perder un punto de la gravedad que le caracterizaba.

—Mie usté, D. Luisito, er que má y er que meno, tiene su quebranto, y ar mehó ecribano se le cae un borrón. Si Caytano se huye, e que está mu castigao, el probesico ya se va pa Viyavieha como yo... Pero diga usté que sí, D. Luisito... cuando le sale un toro de verdá, ¡Caytano tá superió!

—Vamos, con Cayetano todavía transijo—dijo Enrique.—Aunque desconfiado, le he visto muchas veces torear con arte y en corto y meterse como Dios manda... Al que no puedo resistir es al Gordo. ¡En la vida le he visto medio aplomado, ni pinchar más que a paso de banderillas!

—Tampoco creo eso que usté dise: ar Gordo le pasa lo que a too nosotro; si er toro acude bien, tá güeno; si no tiene gana, tá malo. Y aluego ¿qué se pué esí de la muleta? Con eya en la mano, hay mu poco que tengan tan güena sombra... Lo que le tiene er Gordo, e que sabe demasiao er terreno que pisa... y cuando se sabe mucho... vamo... ya me entiende usté, D. Enriquito.

—Ozté perdone, zeñó José—dijo a esta sazón Merluza.—Me paece a mí que aquí D. Enriquito habla bien... Er Gordo poniendo banderiya, ¡la corona de María Zantízima! pero matando, ¡la perra zin vergüenza de zu mare!