—Pues bien, mi amigo Merluza, el banderillero más barbián de la plaza de Málaga... Mis amigos D. Pablo López y D. Luis María Pastor, aficionados al arte.
Todos saludaron a nuestro joven, muy circunspectos, sobre todo los toreros, que son los que mejor conservan, en el trato, la gravedad serena y afable peculiar del pueblo español, tan distante del orgullo británico como de la extremada urbanidad de los franceses.
El Cigarrero era un hombre ya entrado en días, con el cabello casi blanco, pequeño, fornido, soportando sus años con mucha gallardía. Miguel había oído varias veces citar su nombre entre los astros del toreo; pero como gloria pasada; tanto, que lo juzgaba retirado hacía tiempo. El hermano era un muchacho de veinticinco o veintiséis años, buen mozo, de rostro hermoso aunque algo afeminado. Merluza un jayán monstruosamente feo. Los dos aficionados, jovencitos barbilampiños, escuálidos, y vestidos a la última moda.
La conversación no se interrumpió por la llegada de nuestro joven, quien se puso a escuchar con poca curiosidad. Se hablaba de toros; no hay para qué decirlo: se discutía la mayor o menor severidad e inteligencia de las plazas de Madrid y de Sevilla. Uno de los jovencitos sostenía que en Madrid se juzgaba con más severidad y competencia.
—Pues zarvo zu parecé, D. Luizito—decía Merluza,—y zarvo er de too lo presente, a mí me paece, vamo... que en Zeviya hay afición... y ez lo que digo yo, onde hay afición lo hay too.
—Sebastián, yo no te niego que haya afición en Sevilla, pero no es para comparar con la que hay en Madrid. Además, aquí se estudia el toreo por principios, lo que no se estudia allí... aquí el pueblo es más ilustrado...
—Ya zé, ya zé, D. Luizito: no me diga ozté na. Onde no hay prencipio no pué haber na... ¡Pero mire ozté que en Zeviya hay mucha afición!..... ¡¡Mucha afición!!
—En Madrid hay que tener mucho de aquí, querido (apuntando a un ojo). Si te descuidas un poco, ya tienes la bronca encima... y algo más en ocasiones.
—¡Calle ozté, zeñorito, zien Zeviya po una mijita le tiran a uno la Biblia!
Enrique aprovechó el calor de la disputa para comunicar a su primo por lo bajo algunos datos importantes acerca de la vida del Cigarrero.