La corrida fue rica en incidentes. Caídas, choques, atropellos, saltos mayores que el de Alvarado, de todo hubo, hasta cogidas, lo cual, en verdad que parecía imposible. Apenas tiraban el trapo, se echaban a correr llenos de pánico, dándose con los talones en las nalgas, y precipitándose de cabeza por encima de las tablas, sin que el toro se hubiese movido de su sitio. Los banderilleros clavaban los palos en el aire muchas veces; otras en alguna región ignorada del animal. Los espadas igualmente pinchaban donde podían, sin aproximarse jamás, ni por casualidad, al sitio verdadero. En vano saltó el Cigarrero más de veinte veces al redondel a poner orden; en vano les arreglaba los novillos y se los cuadraba, de suerte que no había más que dejarse caer; de todos modos la confusión, el ruido y las atrocidades de todo género no cesaron en toda la tarde.
Enrique, que vestía una chaquetilla elegantísima de terciopelo color granate, en los comienzos de la lidia dio, como sus compañeros, ejemplo de prudencia y circunspección. Rodeó, sí, infinitas veces la plaza, pero fue, casi siempre, por detrás de la barrera, y cuando lo hizo por delante, era tan cerquita de ella, que a cierta distancia parecía por detrás. Llegado el momento crítico de poner las banderillas, que fue en el segundo novillo, las cogió, y aunque muy pálido, marchó resueltamente hacia él; se puso con los palos en cruz, y alzándose sobre la punta de los pies, comenzó a mugir terriblemente para llamar la atención del animal; y en efecto, así que éste le vio en aquella actitud fanfarrona, vino rápidamente a embestirle. Mas, con gran asombro y vergüenza de sus amigos, en vez de clavarle las banderillas las soltó de las manos, y la emprendió a todo correr hacia la barrera. No pudo saltarla. Antes que lo hiciese, el toro le había cogido por la parte posterior, y le había tirado al alto. Todos acudieron y sofocaron al becerro con los capotes. Pero Enrique, levantándose furioso contra él, e indignado contra sí mismo por aquella vergonzosa huida, comenzó a gritar como un energúmeno:—¡Dejádmelo, dejádmelo!—Y arrancando unas banderillas al primero que encontró, se fue ciego, frenético hacia el toro, y se las clavó en el pescuezo, sufriendo por ello una nueva cogida. Afortunadamente, ninguna de las dos tuvo serias consecuencias; los pantalones rotos y algunas contusiones. Los espectadores, desternillados de risa, le aplaudían con calor y hasta le tiraron cigarros.
Quedó muy ufano de este triunfo; tanto que, acercándose al sitio donde estaban Miguel y el Cigarrero, le preguntó a éste:
—¿Eh? ¿Qué le ha parecido a V., maestro?
—No ha tao mal—contestó el torero sonriendo.
VII
Miguel no había dejado de ser nunca uno de los socios más asiduos del Ateneo. Aunque no tomaba parte en las discusiones sobre los pueblos semíticos, se había hecho notar bastante en los círculos privados que se formaban por las noches en el vasto corredor del establecimiento, y se le tenía por un amable y despejado compañero. Trabó amistad con otros jóvenes moluscos de los que más bullían, y éstos no tardaron en comunicarle la fiebre de cargos honoríficos que a ellos les devoraba. La ambición ardía en los pechos de los exploradores de la raza semítica; apetecíanse y buscábanse con noble emulación los cargos de secretarios de las secciones. ¡Era tan brillante el levantarse en el comienzo de las sesiones a leer el acta de la anterior! Las intrigas tenebrosas menudeaban; las traiciones eran cosa corriente. Había dos bandos principales: el de los viejos y el de los jóvenes; los primeros eran más en número, y vencían siempre que no se les cogía descuidados; los segundos, más activos, tramaban asechanzas para derrotar a los candidatos contrarios, unas veces presentando los suyos, en unión de alguna persona ilustre y respetable, otras veces aprovechando las noches de más frío en que los viejos no se atrevían a salir de casa, otras dividiendo con astucia a los enemigos; todos los medios eran lícitos.
Gracias a una de estas sorpresas, y secundado con energía por algunos muchachos, que al verle tan asiduo en la asistencia le respetaban ya como un sabio en ciernes, consiguió Miguel ser secretario tercero de la junta directiva, encargado del alumbrado y calefacción. Y queriendo dar una gallarda prueba de su celo por los intereses del Ateneo, así que tomó posesión del cargo, hizo poner hornillas de cock en las chimeneas y suprimió la leña, que ocasionaba un gasto demasiado considerable. Mas he aquí que esta patente economía, en vez de satisfacer a los socios, les disgusta y levanta polvareda; los viejos se pusieron inmediatamente enfrente del audaz reformador y algunos jóvenes también. ¿Para qué sirven esas economías? ¿Para traer más libros? Demasiados hay en la biblioteca. Un orador novel, joven, tradicionalista e imitador de Donoso Cortés, que en las juntas generales del Ateneo se ensayaba para el Congreso, le apostrofó duramente, luciendo una voz y un juego de actitudes que envidiaría Mirabeau: demostró hasta la saciedad, que aunque el cock proporcionase el mismo calor que la leña, había en ésta un algo espiritual que satisfacía necesidades de orden más elevado; hizo presente que el Ateneo no era una sociedad de mercachifles ocupados en recoger ochavos, y que el sórdido interés debía ser arrojado del templo de la ciencia a latigazos (aquí bebió un sorbo de agua azucarada y se limpió después los labios con esmero). Expresó su profunda sorpresa de que un joven fuese quien tomara la iniciativa en la funesta empresa de privar de comodidades a los hombres que trabajan en el campo de la ciencia, y con tal motivo exaltó el respeto que le es debido y que siempre se ha tributado al sabio, haciendo un bello y minucioso parangón entre éste, que con sus obras eleva y enriquece los espíritus, y el obrero de la materia, que eternamente será siervo de la gleba, decidiéndose, claro está, por aquél. Por último, terminó diciendo que al declararse partidario incondicional de la leña, no le impulsaba ningún móvil bastardo, que no se hacía eco de ningún resentimiento particular, porque no cabían en su corazón tales miserias vergonzosas; hablaba solamente por el deseo generoso de mantener en el Ateneo el sello espiritual que siempre le había caracterizado. Este elocuente discurso provocó muchos aplausos entre los socios, particularmente los viejos, los cuales en las primeras elecciones de cargos derrotaron a Miguel, nombrando en su lugar al joven tradicionalista.
Tanto como a Miguel le aburrían los discursos hueros y ampulosos que se pronunciaban en el salón de sesiones, tanto le agradaban a su antiguo amigo y condiscípulo Mendoza y Pimentel. Muy rara vez se le veía en la biblioteca con un libro abierto; pero en cambio, por milagro perdía una sesión lo mismo de la sección de ciencias exactas, que de la de morales y políticas o literatura. Admiraba profundamente a casi todos los oradores, cuanto más campanudos mejor, y se enfadaba con Miguel cuando éste hacía burla de ellos. Poco a poco se había ido modificando la opinión que de él tenía formada desde la infancia. Después de haber oído a los oráculos del Ateneo, comprendía que Miguel era un chico listo, «pero bastante ligero.» Ya no le pedía dinero, porque había ascendido a diez y seis mil reales de sueldo, los cuales empleaba casi todos en vestirse y una mínima parte en comer; pero su amistad continuaba inalterable. Se hizo presentar por Riverita en algunas tertulias políticas donde nuestro joven tenía acceso, entre ellas la del general conde de Ríos, uno de los jefes a la sazón del partido liberal. Esta fue la que más le plugo y donde echó raíces. El general era un hombre de genio vivo y enérgico, hablador sempiterno, narrador de cuentos verdes, con mucha afición a la política y poca o ninguna al arte militar. Al principio no le cayó en gracia Mendoza: su carácter grave y silencioso le causaba tedio:—¿Sabe V., Riverita, que ese amigo de usted es lo mismo que un roble?—le dijo pocos días después de habérselo presentado. Cómo se arregló Mendoza para llegar a ser al cabo de algunos meses uno de los íntimos de la casa y acompañantes preferidos por el general, fue cosa que nadie supo. Y, sin embargo, era muy sencillo de explicar. Mendoza sufrió una temporada la frialdad del conde y el desdén de la condesa con gran filosofía, y siguió asistiendo constantemente a la tertulia. No tomaba parte muchas veces en la conversación, porque tenía la desgracia de que no se le ocurría jamás una frase oportuna o chistosa; cuando lo hacía, era únicamente para manifestar su aprobación absoluta e incondicional a las palabras del conde, o para interrumpir con un ¡oh! o con un ¡ah! que expresaban su admiración y simpatía.
Un día el general descubrió con sorpresa, al hablar del sistema colonial inglés, que Mendoza pensaba exactamente igual que él sobre esta cuestión. Verdad que el mismo general había emitido su opinión, hacía algunos días, delante de aquél; pero ya no se acordaba.—Este chico—se dijo—es más de lo que parece. Otro día descubrió la condesa, que jugaba peor que ella al tresillo, y que era un compañero a quien de vez en cuando se le podía dar codillo: desde entonces le miró con simpatía y le invitaba con frecuencia a hacer el cuarto. Si alguna vez se le ocurría ganar, la condesa le hacía pagar cara la victoria, dirigiéndole una granizada de bromas que cualquier tomaría por insolencias: pero Mendoza sonreía tan candorosamente y daba pruebas tan patentes de que sólo la suerte había ocasionado la derrota de la dama, que ésta concluía por reírse también. En poco tiempo conquistó la simpatía y hasta el afecto de los esposos. Habiéndose ofrecido al general para ayudarle a escribir cartas en ocasión en que éste se hallaba muy apurado, cumplió con tal exactitud, que apesar de que las epístolas eran un poco pedestres y enrevesadas, aquél aprovechó sus servicios algunas otras veces, y hasta recabó del jefe de la oficina que le dejase libre algunas horas a fin de no molestarle tanto. Con esto casi puede decirse que fue desde entonces el secretario particular del conde, y como tal era considerado por las personas que frecuentaban la casa. No tardó en hacerse indispensable a la familia. Por las mañanas, antes de ir a la oficina, daba una vuelta por la casa: el general le encargaba algunos recados o visitas que no podía hacer personalmente ni confiar a ningún criado, la condesa, menos escrupulosa que su marido, le hacía muchas veces desempeñar oficios humildes: como comprar juguetes para los niños, pagar algunas cuentas al joyero, etc. Por las tardes solía acompañar al conde a paseo, casi siempre a pie, pues no era aquél amigo de usar el coche.