Al paso que Mendoza intimaba con este personaje y se hacía de sus familiares, Miguel seguía siendo nada más que uno de tantos como visitaban la casa: y aun podía asegurarse que en los últimos tiempos, sus relaciones con la generala Bembo habían traído cierto enfriamiento en todas las demás. Lucía le reclamaba casi todo su tiempo. Por otra parte, le desplacían cada vez más las tertulias políticas, donde los asistentes ven y examinan todas las cuestiones por el prisma, no del entendimiento del dueño de la casa siquiera, sino de la pasión que le agita en cada momento, y repiten siempre como un eco las palabras del jefe. Aunque algunas veces despertaba la risa y la alegría en la reunión con sus frases picantes y observaciones oportunas, había con respecto a él cierta prevención desfavorable, hija, a no dudarlo, del temor; todos le sonreían, pero cuando estaba presente no reinaba la misma confianza que cuando ausente. Nada hay que moleste tanto a los hombres vulgares como el ingenio, y en la tertulia del general formaban aquéllos mayoría. Miguel notaba vagamente esta hostilidad; comprendía que no estaba en su centro, y por eso iba pocas veces.

Grande fue su sorpresa cuando una noche al entrar en el salón de sesiones del Ateneo, vio a su amigo Brutandor en el uso de la palabra. Peroraba Mendoza desde uno de los bancos de la izquierda, donde acostumbraban a sentarse los jóvenes demócratas, y lo hacía con tanto desembarazo, con tan briosa entonación como si en toda la vida hubiera hecho otra cosa.—¡Ave María!—dijo Miguel para sí—este Brutandor no conoce la vergüenza.—Y se sentó en una silla para escucharle. Pero como esperaba tan poco de él, quedó agradablemente sorprendido al ver que iba saliendo del paso. Se discutía la cuestión social. Mendoza repitió todos los lugares comunes que se encuentran en los manuales de Economía política, manoteando muchísimo, dando cortos paseos por delante de la silla y pronunciando las palabras con un cierto recalcamiento sonoro, de suerte que no se perdía una sílaba. Las condiciones externas, la voz, la figura, le favorecían en extremo. En su discurso citó infinitas veces los nombres de Cobden y la Liga de Mánchester, sobre los cuales se detenía con particular cariño, tanto que Miguel en una temporada no le llamó más que «el coaligado de Mánchester.» Algunos de los socios salieron del salón antes de concluir; la mayoría, no obstante, se quedó escuchándole con atención. Al terminar le dieron algunos aplausos de cortesía. Miguel, que estaba pasando un mal rato por el temor de que se pusiera en ridículo, respiró.

—Querido Mánchester, has estado bastante bien—le dijo abrazándole. Y lo creía de buena fe. No podía negarse que Mendoza había progresado mucho. Pero en el curso de las discusiones menudeó de tal modo los discursos, que a Miguel llegó a hacersele insoportable tanta vulgaridad y tan campanudamente dicha, y dejó de entrar a escucharle.

A fuerza de mucho hablar, Mendoza logró hacerlo con cierta facilidad, y adquirió pronto el aplomo y los modales de los oradores más célebres, a los cuales imitaba (en la parte externa, por de contado) escrupulosamente. Subía y bajaba la voz y la ahuecaba como un consumado artista; llevaba las manos trémulas al pecho, las agitaba en el aire y doblaba el espinazo aunque estuviese diciendo cualquier cosa natural y corriente, sólo porque Castelar y Moreno Nieto lo hacían en los pasajes patéticos; terminaba muchas veces los períodos con las palabras «tribunal de la historia», «las leyes indeclinables del progreso» o «la emancipación de los pueblos», abriendo mucho la e de pueblos, como era moda entonces. Aunque algunos inteligentes sonreían escuchándole, no dejó de ser considerado, al cabo, como joven instruido y «de esperanzas.»

Una tarde, Brutandor llamó aparte a Miguel, y llevándole a uno de los rincones del Ateneo, le propuso fundar entre los dos un periódico. Para ello contaba con una persona que facilitaba el dinero, y con la protección del general conde de Ríos, que sería su inspirador. Halagole la idea a nuestro joven viendo en ello un modo de despertar su actividad dormida y desahogar la mente de porción de ideas que allá le bullían acerca de los sucesos políticos y de los personajes que en ellos intervenían. Aceptó, pues, con júbilo, y Mendoza quedó encargado de dar los pasos necesarios para sacar la autorización, alquilar cuarto, buscar imprenta, etc. En pocos días quedaron zanjados estos asuntos, y fue resuelto que un jueves, 1.º de abril, aparecería el primer número de La Independencia, «diario liberal de la mañana.»

VIII

Después de la aventura del armario, Miguel quiso persuadir a la generala a que comprase el silencio de la doncella, a fin de no pasar en adelante un susto parecido. Lucía se opuso resueltamente a ello; no podía ni quería fiar la llave de su honor a un criado, y hablaba a menudo de traiciones, anónimos dirigidos al general, cartas interceptadas y otros cuentos terroríficos que no dejaban de preocupar a Miguel por algunos momentos. Pero al mismo tiempo se asombraba de que siendo tan públicos los desvaneos de la dama, hubieran pasado inadvertidos para su marido. Lo que había de positivo en todo esto, y así lo entendió pronto, era que la naturaleza de Lucía necesitaba del aliciente del secreto y del temor. El ansia, la zozobra, los terrores súbitos, las esperas prolongadas, los momentos supremos de angustia, los esfuerzos de ingenio para buscar recursos, los rasgos de osadía, el drama, en fin, del amor perseguido con todo su aparato de misterio y disimulo, le placía sobremanera. Lo que no fuese temblar, colocar señales en los balcones, esconder a su amante y estar siempre a dos dedos de ser descubierta, lo hallaba monótono y fastidioso. ¡Cuántas veces, estando en el lecho a las altas horas de la noche, se estremecía al escuchar el rumor de un carruaje! Levantaba vivamente la cabeza, apretaba con las manos crispadas el brazo de su amante y escuchaba ansiosamente. ¿No podía venir en él su marido y sorprenderlos? ¡Qué miedo! ¡Qué angustia! Sólo cuando el coche seguía de largo por delante de la casa haciendo vibrar los cristales, se calmaba su congoja y volvía a la vida.

Una nueva aventura muy desagradable, semejante a la del armario, vino a concluir con la paciencia de Miguel y a darle ánimos para exigir seriamente de la generala que pusiera a su doncella al corriente de lo que pasaba.

Desde la aventura del armario, Miguel, siempre que la doncella venía, se ocultaba en la alcoba debajo de la cama. Una noche, como de costumbre, Lucía le mandó que se fuese al escondite para arreglar con Carmen las cuentas del día. Le parecía esto un excelente medio para disimular y evitar sospechas. Tiró en seguida de la campanilla, y habiendo acudido al instante Carmen, se puso con todo sosiego a tomarle la cuenta. Era la hora de las confidencias domésticas: la doncella, al paso que explicaba el empleo del dinero, se entretenía a narrar todos los incidentes insignificantes del día, las nonadas de la casa: hablaba largamente de las gracias de Chuchú, de sus oportunas contestaciones, comprendiendo que era el flaco de la señora; se quejaba de algunas groserías del jefe; contaba con risita burlona que miss Ana había comprado una nueva caja de polvos de arroz.—¡Bah! ¿para qué querrá esa buena mujer los polvos de arroz? ¡De todos modos ha de salir a la calle más fea que Picio!—Pasaba revista a la servidumbre y formulaba juicios y acusaciones. María no se llevaba bien con el lacayo. El cochero daba muy mala vida a su mujer, el miércoles la había pegado con la fusta hasta que se cansó.—¡Qué hombres tan perversos hay! ¿verdad, señorita? Para dar con uno así, más vale quedar soltera toda la vida.

La generala procuraba cortar secamente los asuntos y abreviar. Carmen acudió a la lisonja esta noche para prolongar la conversación.—¡Qué hermosa estaba la señora con el vestido azul que se había puesto ayer tarde! La doncella de los Ramírez había oído al señorito decírselo a su hermana. Todos los colores le venían bien a la señora: ¡pero particularmente el azul!... ¡Ah, el azul le sentaba como a nadie!