Lucía se enterneció un instante: preguntó con interés por los Ramírez.—¿Es verdad que el señorito se marchaba a París uno de estos días? Un chico feo, pero simpático: cierto día le había oído contar un sucedido con mucha gracia. Después habló de un vestido que proyectaba hacerse, en color claro con adornos de terciopelo carmesí; una idea que se le había ocurrido a ella sin consultar a la modista; estaba segura de que había de gustar mucho. Pero súbitamente volvió en sí y dijo con palabra rápida y seca:
—Vamos, adelante,... el pañuelo de la niña diez y seis, ¿no es eso?
—Sí, señorita.
—Son cuarenta y tres... ¿Ha comprado V. el jabón?
—Nada más que una pastilla... no me acordaba si la señora me había mandado comprar dos o una...
—Le había mandado comprar dos; pero no importa... ¿Dónde la ha puesto V.?
—En la alcoba, sobre la mesa de noche.
Al pronunciar estas palabras entró en la alcoba para buscar la pastilla. Cuando llegó cerca de la mesa, dio un grito de terror.
Miguel quedó yerto en el fondo de su escondite. La generala, con voz demudada, preguntó desde fuera:
—¿Qué es eso, Carmen?