Por fin apareció el primer número. Grande fue la sorpresa de Miguel al leer debajo del título otro rengloncito corto que decía: «Director: don Pedro Mendoza y Pimentel.» No pudo reprimir un sentimiento de indignación.

—¿Pero este majadero, qué se habrá llegado a figurar?—murmuró estrujando el periódico. Y al poco rato, viendo entrar jadeante, corriéndole el sudor por la frente a Brutandor, se encaró con él diciéndole:

—Oyes, Perico, ¿te sientes con fuerzas para dirigirme en las arduas tareas del periodismo?

Mendoza se puso colorado y comenzó a balbucir:

—¡Yo no he sido!... ¡Demasiado sé yo!... El conde se ha empeñado... Decía que era necesaria una persona... No nos atrevimos a ponerte a ti por si no querías... De todos modos ya sabes...

—Bueno, bueno; ya lo sé todo—repuso Miguel con acritud.—Pero estas cosas, querido Perico, se dicen por si no convienen.

Así quedó el asunto. En cuanto se le fue el enojo, Miguel se rió de la gansada de su amigo y no volvió a pensar más en ella. No obstante, se la hizo pagar con algunas bromas; era la menor venganza que podía tomar.

—Te participo, amado Mánchester, que si no me das un fósforo, divulgo el secreto que hace años te tengo guardado—decía sin levantar la cabeza de las cuartillas que estaba escribiendo.

Mendoza le daba el fósforo gravemente y se salía evitando en cuanto le era posible las burlas de su amigo.

—¿Qué secreto es ese?—le preguntaban riendo los demás redactores.