—Hice juramento de no revelarlo. Acaso algún día él mismo lo descubra. Tengan VV. paciencia.
Y, en efecto, al cabo de algunos meses, habiendo escrito Miguel un artículo de polémica personal, Mendoza se autorizó el enmendarlo añadiéndole algunas palabras que produjeron un serio conflicto al periódico.
—¿Lo ven VV.?—gritaba encolerizado en medio de la redacción arrojando el sombrero contra el suelo.—¡Hace tantos años que yo le guardo fielmente el secreto de que es un animal, y él mismo acaba de revelarlo ahora!
—Ya lo sabíamos—apuntó un redactor sonriendo y mirando con recelo a la puerta.
—¡Ah! ¿Lo sabía V.?
—Lo sabíamos todos—dijo otro mirando también a la puerta.—Todos menos el conde de Ríos.
—Eso tiene una explicación muy sencilla: consiste en que el conde de Ríos es más animal que él.
Los redactores se miraron consternados, y sin decir otra palabra, bajaron la cabeza y continuaron escribiendo.
—Oyes, Perico—le decía otra vez,—me parece que esa levita es muy corta.
Los compañeros se rieron porque estaba muy lejos de ser cierto.