—Es bastante larga—contestó Mendoza un poco amostazado.

—Para cualquier otro mortal no lo dudo, ¡pero para un director!... Observa, Perico, que tienes contraídos con el público ciertos compromisos ineludibles.

La redacción se componía de una sala y gabinete en un cuarto entresuelo de la calle del Baño. En un principio todo era redacción, mas paulatinamente y a la sordina, Mendoza se fue quedando solo en el gabinete. Cierto día apareció sobre la puerta de éste un letrero que decía: Dirección. Perico se creyó en el caso de dar una explicación a su amigo.

—No extrañes lo del letrero, Miguel. Ya comprenderás que tú nada tienes que ver con eso... Pero los demás... El general me dijo que debía haber un cuarto reservado... Porque ya sabes... Vienen visitas...

—Bien, hombre, bien; no te apures, Majagranzas...

Mendoza, que no había leído el Quijote, no entendió la cruel intención del mote y quedó muy satisfecho.

El periódico estaba inspirado, o como empezaba a decirse entonces, era órgano del general conde de Ríos; pero éste no se dignaba pasar casi nunca por la redacción: cuando de uvas a brevas lo hacía, nunca dejaba el conserje de entrar a anunciarlo a los redactores, quienes se apresuraban a sentarse y a quedarse absortos en su tarea. El único que seguía como estaba, paseando o fumando, con las manos en los bolsillos, era Miguel. El general se descubría al entrar, y con afectada amabilidad, daba las buenas noches.

—¿Cómo siguen VV., señores?

Al ver a Miguel en actitud un poco displicente, fruncía levemente las cejas; pero dominándose en seguida, se apresuraba a saludarle; Miguel le estrechaba la mano sin ceremonia. Después solía pasar al gabinete con Mendoza, quien le seguía, embargado por el susto y el respeto. Al poco rato se oía la voz cascada del general dictando alguna orden o «echándole una chillería,» como se decía en la redacción.

—¡Caramba, Mendoza, no me llamen VV. tantas veces ilustre a Serrano! Ya me tienen VV. de ilustración hasta el cogote.—Dígale V. al encargado de los teatros que es un adoquín; ayer da un palo al drama de Chamorro, que es correligionario, y hace unos cuantos días ponía por las nubes una piececita muy mala de un sobrino de González Bravo... ¡Ah! y que me tenga cuidado con la Ferni: ya sabe V. que ha cantado en mi casa.—Vamos a ver, Mendoza, ¿cómo consiente V. que ese Sr. Darwin diga en la sección de Variedades que el hombre desciende del mono? (Pausa mientras contesta Mendoza, al cual no se oye.) ¿Traducido, eh? Pues que no traduzcan tales badajadas... ¡Buen mono estará ese traductor!