El que se oía llamar de esta suerte, o majadero, o adoquín, se hacía el desentendido y bajaba aún más la cabeza fingiéndose enteramente embebecido en su trabajo. Pero alguno de los compañeros tosía maliciosamente y los demás se echaban a reír. A Mendoza en estos casos no se le oía el metal de la voz; por manera que desde la sala, parecía que el general hablaba solo. Pero esto, como ya hemos dicho, sucedía muy pocas veces: ordinariamente el director iba a tomar órdenes a casa de aquél dos a tres veces cada día. El General mostraba en la dirección del periódico la misma saludable energía que siempre le había caracterizado dentro de los cuarteles. Pero allí, como en éstos, su espíritu esencialmente analítico se detenía mucho más en los pormenores que en el conjunto. Un remiendo mal pegado, una correa mal puesta, sacaba de quicio y encendía la cólera en el pecho del héroe de Torrelodones (así le llamaba La Independencia un día sí y otro no). Asimismo una noticia fiambre, un anuncio torcido llevaba a su noble espíritu una turbación extraña que no era poderoso a reprimir. Mendoza tenía buen cuidado de no turbarle a menudo. Los artículos, los sueltos no conseguían excitar el interés del valeroso caudillo, y dejaba a la redacción bastante libertad en esta materia. En cambio, por nada en el mundo consentiría que se variase el título de una sección sin consultarle. Algunas veces, por espontánea y libérrima inspiración, él mismo llegó a cambiarlos. Un día, después de venir de su casa recibió Mendoza un volante ordenándole, en términos que no daban lugar a torcidas interpretaciones, que la sección del periódico titulada Noticias generales llevase por nombre, de allí en adelante, el de Noticias universales. Apesar de la utilidad innegable de esta reforma, pues el adjetivo universal es, sin duda, más comprensivo que general, algún redactor se empeñaba en sostener que los suscritores, no sólo no la agradecerían, sino que ni siquiera se harían cargo de ella. El único asunto vedado para los redactores era el sistema colonial inglés, y todo lo que de él se derivase; el general se reservaba enteramente esta materia, en la cual era indudablemente peritísimo; como que había tocado dos veces en la India al ir a Filipinas. Su punto de vista, en consonancia con la energía de su carácter, era que para colonizar un país, se hacía indispensable extirpar a los indígenas; sin extirpación, imposible la colonización. Este fue el principio que sostuvo en una serie de artículos escritos «con más bizarría que gramática,» al decir de un colega ministerial. Por cierto que Ríos se empeñaba en que Mendoza fuese a desafiar al director; pero no pudo conseguirlo.
Lo único que se leía con agrado en el periódico, hay que decirlo a riesgo de herir la susceptibilidad exquisita de algunos redactores, era la sección de sueltos políticos, que estaba a cargo de Miguel, o Riverita, como allí se le llamaba. Sin embargo, el general daba infinitamente más importancia a los artículos de fondo. Los fondos estaban a cargo de un anciano silencioso, taciturno, viudo, con siete hijas que se alimentaban y vestían con los cincuenta duros mensuales que le producían estos fondos a su padre. Iba a la redacción el primero y salía el último; sus artículos, llenos de cordura, de sensatez, de prudencia, daban vuelta siempre a los asuntos sin entrar en ellos; el general encontraba esto más conforme con las reglas de la estrategia, que el apoderarse del asunto «descubriendo el cuerpo.» Además, tenían la incalculable ventaja de que comenzaban y terminaban constantemente del mismo modo, con ligerísimas variantes.
He aquí el modelo de su estilo:
«Al estudiar concretamente los importantes problemas que se relacionan con el fomento de los intereses generales, base de la prosperidad individual y colectiva, no puede desconocerse, en manera alguna, lo mucho que en su resolución influye una acción sistemática y continua, en lo que toca a la administración pública, tan poderosa para remover los múltiples obstáculos que estorban la marcha próspera de un determinado país. No es que nosotros desconozcamos que en su esfera respectiva se precisa el concurso inteligente de todas aquellas otras entidades, capaces de descubrir las fuentes de riqueza, que son otros tantos factores del bienestar social, siempre que el trabajo empleado para obtener el fin propuesto, responda a las exigencias de una razón ilustrada por las lecciones de la práctica, etc., etc.»
Cuando vinieron a contar a Miguel que el general decía que los escritos de Ramos (así se llamaba el viejo de los fondos), tenían más peso que los suyos, exclamó:
—¡Claro, por eso no pueden digerirlos más que los avestruces!
XI
Llegó el mes de julio. La generala Bembo se fue huyendo del calor a Biarritz. Miguel no la siguió al instante, porque tenía que llevar a su madrastra y hermana a Santander; pero convino con ella en ir a pasar el mes de agosto a Pasajes, donde D. Pablo había tenido el capricho en otro tiempo de edificar una magnífica casa de campo. En este retiro suave y campestre contaba la generala imitar la deliciosa égloga de Pablo y Virginia, y un poquito también, si posible fuera, la pasión libre y salvaje de Chactas y Atala.
Después que dejó instalada a su familia y supo que Lucía estaba ya en Pasajes, se trasladó a este punto en un vapor. Salió de Santander al rayar el alba: el cielo diáfano, como pocas veces suele verse en aquella costa; la mar azul y rizada. Corría un viento fresco y ligero, que ensanchaba el pecho y abofeteaba las mejillas. Subió al puente con el capitán, que se reía de verle tambalearse y cogerse fuertemente a la barandilla, y desde allí contempló el espectáculo sublime de levantarse el sol en el mar. Se levantó como siempre, magnífico, sereno, sin mostrar temor alguno a los touristes, que le describen en sus cartas a los periódicos, ni menos a los poetas cursis, que le traen y le llevan y algunas veces hasta le mandan pararse para que escuche sus simplezas. El capitán se paseaba con las manos en los bolsillos, sin hacerle maldito el caso (al sol, no a Miguel), y cuando éste, sin poder contenerse, soltaba alguna exclamación de entusiasmo, se detenía y le preguntaba con amabilidad:
—¿Le gusta a V. el sol?