—¡Muchísimo!

El marino sonreía con semblante compasivo, como diciendo: ¡Qué sería el mundo, si los gustos fuesen iguales! Y en voz alta contestaba:

—No está mal, no; no está mal el sol...

Después de transigir de este modo con las flaquezas del prójimo, emprendía de nuevo su paseo. Y para dar señales más claras aún de su benevolencia, se detenía de nuevo, sonriente.

—Ahora por el verano da gusto viajar, ¿verdad? No hace frío ninguno... Luego se va viendo toda la costa: la mar está como una seda... Cuando se levante el piloto, le pediremos que toque la guitarra... ¡Ya verá V., ya verá qué bien la maneja!

Pero en medio de su discurso se detenía, mirando a la proa, fruncía las cejas, se inclinaba sobre la barandilla, siempre con las manos en los bolsillos, y gritaba:

—¡Babor!

—Babor—contestaba el timonel desde abajo, como un eco.

Seguía el capitán un rato con las cejas fruncidas y mirando a la proa; al cabo volvía a inclinarse y decía:

—A la vía.