—Vía—respondía el timonel.
Entonces se extendían de nuevo los resortes que tenían contraído su rostro atezado, y volvía a dibujarse en sus labios una sonrisa cándida y afable.
—Da gusto oírle tocar las sevillanas; ya verá usted.
Cuando la tarde declinó pasaron por delante de San Sebastián. Miguel se esforzaba por ver la boca de la bahía de Pasajes, sin conseguirlo. El capitán se desesperaba porque no aparecía la lancha del práctico. Al fin se distinguió como un punto negro allá entre las olas: se acercó al costado del buque, trepó un hombre con boina prontamente a la obra muerta, y en seguida al puente, y dijo con acento vizcaíno:
—Buenas tardes, D. Isidoro y la compañía.
Llegaron a la boca, que era estrechísima. El práctico, sin perder de vista la proa del vapor, hablaba alegremente de la romería que acababa de dejar allá, sobre los altos del pueblo. Entraron por una ría angosta, entre dos sierras elevadas, y no tardaron en desembocar en la bahía, que, en realidad, no merecía tal nombre: era una especie de lago, no muy extenso, rodeado por todas partes de altas montañas y cuya comunicación con el mar pasaba inadvertida, a no fijarse mucho. La hora en que entraron era la del crepúsculo. En la bahía, por efecto del abrupto cordón que la circundaba, había ya poca luz; el sol se había hundido tiempo hacía por detrás de los montes, y allá en el cielo veíase el semicírculo de la luna, fino, azulado y puntiagudo: el Héspero hacía guiños a su lado antes de ocultarse.
El pueblo se extendía por entrambos lados adosado a la montaña, y sus casas estaban bañadas por el mar, al cual podían los vecinos salir por escaleras de piedra. En muchas había también un pequeño terrado o jardín donde merendaban o departían sosegadamente tomando el fresco, o bailaban y reían, según el humor y la ocasión. Miguel se enteró por el práctico de que el pueblo estaba dividido en dos parroquias; la parte de la derecha se llamaba San Pedro, la de la izquierda San Juan. Enfrente, bastante más lejos, había un grupo de casas y almacenes nuevamente edificado, conocido con el nombre de Pasajes ancho, o Ancho solamente.
El vapor ancló en medio de la bahía hasta el día siguiente. Miguel estaba sorprendido y enamorado de aquel retiro silencioso y melancólico que entre las sombras crepusculares tomaba apariencias aún más tristes y fantásticas. La imaginación comenzó a hablarle un lenguaje suave y misterioso. Miraba a las casas donde todavía no se percibía luz ninguna, y se preguntaba:—¿Los que habitan allí, lejos del ruido, encerrados por esta muralla natural, serán más felices que los que vivimos en la agitación estruendosa de la corte? ¡Quién sabe! Fijose en una pareja de jóvenes asomados a la barandilla de un terrado, y no pudo menos de envidiarlos. Allá en Madrid no se ama, de seguro, como aquí: estamos solicitados por tantos deseos a la vez, que el corazón no puede recogerse y vivir en la contemplación feliz del ser que se adora. En aquel momento no se acordaba para nada de Lucía. Su espíritu, impresionado primero por la sublime presencia del océano, y ahora por la dulce poesía de aquel lago, se despegaba con tedio de la vida torcida y artificiosa que acababa de dejar, de sus placeres mentidos y pecaminosos, y se unía con cariño al sentimiento de dicha tranquila que aquel pueblecillo retirado y pintoresco inspiraba.
Vino a sacarle de su meditación el capitán, que le invitaba a tomar una copita de ginebra en la cámara: Miguel le manifestó que deseaba saltar a tierra y buscar posada.
—Pierda V. cuidado, ahora va a llegar Úrsula.