—¿Quién es Úrsula?

—La batelera: ella le llevará a tierra y se la buscará.

Y, en efecto, al poco rato se acercó al costado del vapor un bote, y dentro de él una joven que manejaba los remos con singular maestría. En Pasajes, el servicio de los esquifes que trasportan la gente de un punto a otro de la bahía está a cargo de mujeres.

—Buenas tardes, D. Isidoro y la compañía.

—Ahí te entrego ese señorito, Úrsula. Cuidado lo que haces con él.

(Aquí el capitán dijo una gran barbaridad, que no es posible repetir.)

Úrsula sonrió sin escandalizarse.

—¡Allá él, D. Isidoro, allá él!

Saltó en el bote nuestro joven, y fue conducido prontamente a la orilla. Úrsula era una zagala fornida, pobremente trajeada y con unos colores tan vivos en el rostro, que sorprendieron a Miguel: más adelante averiguó que bebía mucho aguardiente. Amarró el bote y condujo a su pasajero por unas toscas escaleras de piedra hasta la calle. Era ésta bastante angosta y torcida: como domingo, no dejaba de haber alguna animación en ella; los vecinos estaban sentados a las puertas hablando, o jugando en las tiendas a la lotería. Al sentir los pasos del forastero, levantaban el rostro y le examinaban con curiosidad; el que pregonaba los números también suspendía su canto un instante para mirarle. En las tabernas, que no eran pocas, se oía mucha algazara. Era ya casi noche. Úrsula le fue guiando al través de aquella calle larga y tortuosa, que era la única de la parroquia de San Pedro, hasta una plazoleta en cuyo centro bailaba un grupo de muchachas. La batelera se detuvo delante de una casa vieja con escudo sobre la puerta, y se arrimó a la ventana de la tienda donde había estanquillo. Dijo algunas palabras en vascuence, y una mujer que había dentro se inclinó para ver a Miguel.

—No hay inconveniente—contestó en castellano.—¿Viene por mucho tiempo ese caballero?