—No sé decir a V., señora—dijo aquél terciando.—Probablemente todo el mes.
—Le puedo ofrecer a V. la sala por ahora; pero si viene una familia, que espero dentro de algunos días, tendrá V. que trasladarse a la habitación de arriba, que es más chica.
—No me importa: teniendo un cuarto decente, me basta.
La mujer con quien hablaba tendría unos cuarenta años de edad; era alta, corpulenta, y aunque bastante descaecida, todavía conservaba en su rostro señales de una belleza superior. Vestía un traje modesto de merino negro, como la mayoría de las que pasan por señoras en los pueblos chicos. Levantose al oír esto, salió al portal e invitó al joven a subir con ella. Miguel, antes de hacerlo, despidió a la batelera, encargándole que le mandasen el equipaje. La sala donde entró era espaciosa: los muebles, aunque no ricos, parecían decentes.
—Esta es su habitación, por ahora—dijo doña Rosalía (que así se llamaba la huéspeda).—Esta es la alcoba. ¿Quiere V. que le traigan luz?
—Hasta que venga el equipaje no la necesito.
—Bien, pues dispénseme V.; tengo el estanquillo abandonado.
Y la matrona salió de la estancia dejándole solo. Después que hubo dado algunas vueltas por ella y enterádose de su disposición a la escasa luz que allí había, encendió un cigarro, saliose al corredor y se echó de bruces sobre la baranda de hierro, poniéndose a contemplar, con ojos distraídos, el baile de la plazoleta. El grupo de jóvenes bailaba cada vez con más entusiasmo y cantaba cada vez más alto. La mayor parte de ellas eran frescas y robustas más que hermosas, pero algunas merecían el nombre de tales. Los movimientos eran vivos, sueltos, graciosos: el que más le agradó a Miguel fue uno que consistía en pegar los brazos al cuerpo y dar vueltas a la danza, saltando a pie juntillas. En torno de ellas había bastantes mirones, hombres y mujeres. Del grupo de éstas observó que se destacó una niña y vino a sentarse sola debajo del corredor donde él se hallaba: la miró un instante, mas no pudiendo verle la cara, entornó de nuevo los ojos hacia la danza. Al cabo de un rato percibió vagamente una voz detrás de sí:
—Oiga—decía la voz. Pero no imaginando que se dirigían a él, siguió en su cómoda postura.
—Oiga—repitió la voz un poco más fuerte.