—¿Eh, quién va?—dijo entonces, volviéndose.
Entre las sombras de la sala distinguió la figura de la niña que estaba antes sentada debajo del corredor. Podría contar quince años de edad, y a lo que logró percibir, tenía una carita redonda y morena, bastante insignificante, y gastaba el cabello en trenza todavía.
—Dice mi tía que si quiere V. cenar—manifestó la chica, con voz temblorosa.
—Si posible fuera... Tengo algún apetito.—Y como ya deseaba hablar, añadió, sonriendo con amabilidad:
—¿No baila V. con las otras jóvenes? La he visto a V. muy solita ahí debajo del corredor.
—Nunca bailo—respondió toda confusa la niña, como si le imputasen alguna falta grave.
—¿No sabe V.?
—Sí, señor, sé, pero...
—Vamos, no le gusta.
—Antes me gustaba mucho; ahora, no tanto.