—¿Qué edad tiene?
—Quince años; va para diez y seis.
—Pronto se casará entonces.
—¡Ay, Dios!—exclamó doña Rosalía con profunda lástima.—Me parece que están verdes; hoy no se casan las jóvenes hermosas si no tienen dinero, ¿cómo se ha de casar ella no siendo rica ni bonita?
—Yo no la encuentro fea.
—¡Ay, Dios! ¡Pobrecilla! Ya comprende que no debe pensar en esas cosas. Últimamente se ha metido mucho por la iglesia. Confiesa y comulga todas las semanas, y oye misa siempre que puede. Yo la dejo mientras no falte a las obligaciones de casa, que como V. sabe, son lo primero. Hace poco escribió a su tío (porque de palabra no se atrevería) diciéndole que quería ser monja. Pero para ser monja, D. Miguel, se necesita un dote, y nosotros no podemos dárselo. Valentín estaba empeñado en hacérselo de su bolsillo, pero yo me opongo. Cuando las cosas no se pueden, hay que resignarse. Lo mismo se gana el cielo dentro que fuera del convento. ¡La pobrecilla lo ha sentido mucho!
Tanta compasión dio mala espina a Miguel. Cansado de escuchar a su huéspeda, se levantó, y con pretexto de arreglar el equipaje, se fue hacia la alcoba. Doña Rosalía al cabo le dejó solo.
Aquella noche no era fácil ver a la generala. Su casa se hallaba del otro lado de la bahía, y a tal hora costaría trabajo dar con ella. Por otra parte, Lucía deseaba que sus visitas fuesen siempre secretas: era necesario saber en qué forma quería que las hiciera. Determinó, pues, aguardar hasta el día siguiente.
Era muy temprano para irse a la cama. Cogió el sombrero y el bastón para dar una vuelta por el pueblo. Al salir, aún continuaba el baile en la plazoleta: Maximina se hallaba otra vez sentada en la silla contemplándolo.
—Buenas noches, Maximina—dijo nuestro joven acercándose a ella.