—¡Ay! buenas noches.
—¿Aún no se ha decidido V. a bailar?
—No señor.
—Pues yo sí.
La niña le miró sorprendida.
—Pero antes quiero descansar un poco al lado de V. ¿No hay por ahí una silla?
—Voy por ella ahora mismo—repuso muy azorada.
Y entrando en el estanquillo, salió con una que colocó bastante lejos de la suya. Miguel, con gran desembarazo, las puso juntitas. En cuanto se sentaron, las muchachas del baile comenzaron a dirigirles miradas de curiosidad. La noche estaba estrellada, ni clara ni oscura.
Entabló conversación, hablando del baile, del tiempo, de su viaje; agotó en un instante todos los lugares comunes. Maximina sonreía con amabilidad a cuanto decía; pero apenas contestaba más que con monosílabos, aunque se conocía que hacía esfuerzos por ser más explícita. Al fin se atrevió a decir:
—¿No baila V.?