—Si V. no me hubiese entretenido hasta ahora ya estaría dentro del corro—contestó poniéndose serio.
—¡Yo!—exclamó la niña inmutándose.
—Sí; usted.—Miguel soltó al decirlo una carcajada.—No haga V. caso: nunca he soñado en bailar; pero menos ahora que me encuentro en tan agradable compañía.
La chica estaba tan asustada todavía, que no supo dar las gracias. Adivinando su inquietud nuestro joven, prescindió de las bromas habituales en él y comenzó a tratarla con más respeto. Enterose con amabilidad de los pormenores de su vida y fue poco a poco ganando su confianza, haciéndola hablar con más desembarazo.
Pero el baile se había deshecho. Algunas jóvenes se fueron para sus casas; otras, y con ellas algunos galanes, vinieron a sentarse delante del estanquillo, para lo cual doña Rosalía les consintió sacar más sillas y un banco largo. Miguel permaneció sentado junto a Maximina.
—Saque V. la guitarra, doña Rosalía—dijo una de las muchachas.
—¿Va a cantar Juanito?
Juanito era el piloto del vapor donde nuestro joven había llegado. Era andaluz y muy conocido en Pasajes.
En cuanto vino la guitarra, comenzó a alegrar la tertulia con playeras, polos y sevillanas. Miguel, con gran sorpresa de las jóvenes hermosas que allí había, echándose hacia atrás en la silla, principió a hablar al oído a Maximina. ¿Qué le decía? Nada; tonterías: que lo estaba pasando muy agradablemente; que era una chica muy simpática; que se alegraba de haber venido a parar a su casa, etc. Maximina, más sorprendida que confusa, escuchaba sonriendo aquella música tan nueva para ella (la de Miguel, no la del piloto). Nuestro joven pasaba el rato del mejor modo que podía, esperando la hora de irse a la cama.
—¿Por qué no se sienta V. al lado de Paulina?—le preguntó la niña.