—¿Quién es Paulina?
—Aquella chica tan hermosa que está cerca de la puerta.
Miguel se inclinó por verla.
—No la veo bien; parece bonita, en efecto—dijo recostándose otra vez.—Pero V. también lo es... y muy simpática además.
—¡Oh, por Dios!—exclamó la niña ruborizándose.
—¡Vaya si lo es!—replicó Miguel, posando su mano sobre la de ella y dándole un cariñoso apretón.
La chica no se movió: ambos guardaron silencio unos instantes.
—¿Vamos a jugar un poco a las prendas?—dijo una de las jóvenes así que Juanito hubo terminado su repertorio.
Comenzó el juego de prendas. Encendieron un fósforo: se lo fueron entregando unos a otros mediante ciertas palabras que había que pronunciar en voz alta: pagaba prenda aquel en cuyas manos concluyese o se apagase. Nuestro joven tomaba poco interés en el juego. Cuando el fósforo llegó a él bastante disminuido, lo dejó caer sin entregárselo a Maximina, y pagó prenda.
—¿Por qué no me lo ha dado?—le preguntó ésta.