—Porque no quería que V. se quemase.
Se puso en berlina a los dueños de las prendas; se les mandó decir tres veces sí y tres veces no; se les hizo contentar a los presentes, etc., etc. Miguel, mientras duraban estas operaciones, no dejaba de depositar de vez en cuando algunas palabritas en el oído de Maximina. Con la osadía del cortesano corrido, llegó a apoderarse de una de sus manos y a retenerla entre las suyas. Sorprendiose al observar que la niña no la retiraba. Era una mano de virgen, maciza y fría, un si es no es grande, pero perfectamente torneada: le hizo recordar las de la generala, largas y descarnadas y siempre ardorosas. La apretó tímidamente primero, después con más energía: al cabo la acarició con cariño, rozándola suavemente por encima. Maximina le dejaba hacer, sin soñar con retirarla, como si fuese una cosa muy natural. No manifestó siquiera mayor emoción o inquietud que antes: tan sólo se la quitaba cuando iba a hacer uso de ella en el juego. ¿Qué será esto? se preguntaba Miguel todo confuso. ¿Tendrá esta chica ya tanta malicia? ¿Será pura inocencia? Aunque su experiencia le insinuaba lo primero, una voz interior le decía lo contrario; y atendiendo a ella, contentose con acariciar tierna y noblemente aquella mano que con tal candidez le entregaban. La tertulia se deshizo al fin, y nuestro joven se fue perplejo y caviloso a la cama, proponiéndose observar atentamente a Maximina en los días siguientes.
XII
Lo primero que hizo al día siguiente por la mañana fue escribir a Lucía. «Estoy aquí desde ayer por la tarde. Dime cómo he de arreglarme para verte.» Salió de casa y fue en busca de Úrsula la batelera.
Así que dio con ella le preguntó.
—¿Conoces a la señora del general Bembo?
—¡Vaya!
—Pues vas a llevarle esta carta ahora mismo. Aguarda contestación y vente en seguida. En el muelle te espero.
Cogió la batelera los remos, atravesó la bahía, amarró el bote y desapareció allá entre los árboles. Mientras tornaba con la respuesta, nuestro joven se fue a hacer una visita al capitán del vapor y al piloto de las peteneras.
Poco tardó Úrsula en aparecer de nuevo remando con prisa: saliole al encuentro Miguel así que puso el pie en tierra y recibió de sus manos un billete perfumado que había metido en el seno.