Decía así el billete:
«Querido mío: Una inquietud dulce y misteriosa que ayer noche experimentó mi corazón me anunciaba sin duda que estabas cerca de mí. No podemos vernos como antes, porque Carmen se ha quedado en Madrid y no tengo confianza en los criados. Precisa que tus cartas sean secretas. La chica que lleva ésta es fiel y reservada: te puede traer en su bote a las diez de la noche. Al entrar en él debes encender un fósforo; cuando te halles en medio de la bahía otro, y otro por fin cuando saltes en tierra del lado de acá. A cada uno de estos fósforos contestaré yo con la misma señal desde el mirador de casa. Nos reuniremos junto a la tapia del jardín. Prudencia y discreción. No faltes.
Tuyo hasta la muerte,
Alfredo.»
Al leer la carta no pudo menos de sonreír, diciendo para sus adentros:—¡Cuándo se le concluirá a esta mujer la manía de las aventuras!—Concertose después con la batelera para su expedición nocturna y se despidió de ella recomendándole mucho sigilo.
Cuando entró de nuevo en la habitación encontró en ella a Maximina, que estaba acabando de arreglarla, y a su primo Adolfo, un muchacho de trece a catorce años con grandes cachetes, el cabello corto y erizado y unos ojos cargados de carne, fieros y desvergonzados. Por algunas palabras que logró percibir desde el pasillo comprendió que había reyerta entre los dos primos y adivinó también la causa. Adolfo trataba de curiosear en el equipaje del huésped y Maximina se oponía a ello. Cuando nuestro joven entró, ambos quedaron sorprendidos: Maximina en medio de la sala con la escoba en la mano sonriéndole; Adolfo arrimado a una cómoda mirándole torvamente.
—¡Oh, qué trabajadora es Maximina!—dijo Miguel acercándose a ella sin hacer caso alguno de Adolfo, que le había sido antipático.
A la luz del día pudo apreciar mejor su figura. Era una morena más pálida que sonrosada, la nariz pequeña, la boca fresca, la cabeza y la frente muy bien modeladas, el cabello castaño y los ojos garzos, ni grandes ni pequeños, más baja que alta, apretadita de carnes y abultada de formas, revelando en sus movimientos un gran vigor muscular. Nadie podía llamar hermosa a esta muchacha con justicia, y sin embargo, la expresión humilde e inocente de sus ojos, la sonrisa constante que contraía sus labios, la hacían altamente simpática. Llevaba un vestido de percal claro con un pañuelo de color de rosa, que le tapaba el pecho y parte de la espalda. Al oír la exclamación de Miguel, contestó con otra:
—¡Mucho, sí!
—Ya lo creo. Tan temprano, y ya me tiene V. arreglado el cuarto.