—¡Toma, porque se lo ha mandado mi madre!—dijo Adolfo desde un rincón, con deseo de mortificar a su prima; pero ésta contestó muy naturalmente:

—Es verdad, me lo ha mandado mi tía en cuanto V. salió.

—¿Y tú haces tan prontito lo que te mandan como ella?—dijo Miguel encarándose con el chico.—Entonces serás ya un sabio; porque tus padres de seguro te mandarán estudiar todos los días.

Adolfo le echó una mirada recelosa y bajó los ojos sin contestar.

—He dado una vuelta por el pueblo—siguió el joven dirigiéndose a Maximina,—y después estuve en el vapor con Juanito.

—El pueblo es feo—respondió aquélla.—Eso dicen todos los forasteros...

—¿Y V. no lo dice?

—A mí me es igual un pueblo que otro.

—¿No va V. de vez en cuando a San Sebastián?

—Casi nunca. Mi tía me lleva cuando hay que traer algún encargo; pero ida por vuelta. Una vez me llevó mi padre (que en gloria esté) a Bilbao a pasar unos días... ¡Si supiera V. qué deseos tenía de volverme!