—¿Pues?

—Estaba cansada de andar de un sitio para otro... al teatro... al paseo... a los comercios... Me dolían mucho los pies. Decían que era porque no estaba acostumbrada.

—Me ha dicho su tía que ha estado V. educándose en un colegio...

—Sí, señor, dos años, en un convento de Vergara...

—¿Y le gustaba a V. estar allí?

—Muchísimo. Nunca he sido tan feliz como entonces.

—¿De modo que de buena gana volvería V. con las monjas?

—¡Oh, ya lo creo!

—Ella quiere volver y hacerse monja... pero le faltan monises—dijo el animal de su primo terciando de nuevo en la conversación.

Aquella salida grosera indignó mucho a Miguel, quien dirigió al chicuelo una mirada de desprecio. Maximina se había puesto levemente encarnada.