—No lo crea V... Sí, desearía volver; pero no causando perjuicio a nadie. Comprendo que ahora, mientras las niñas no sean mayores, mi tía me necesita...

—¿Y qué tiene de particular que V. lo desee?—dijo Miguel con dulzura.—Eso no prueba más que tiene V. un corazón agradecido y piadoso.

Maximina se ruborizó entonces hasta las orejas. Adolfo, a quien sin duda pareció muy mal esta alabanza y quería a todo trance desahogar su resentimiento, exclamó sonriendo estúpidamente:

—¡Es una beatona! Se pasa la vida comiendo los santos.

—Pues ahora no estaba comiendo los santos, sino barriendo—respondió Miguel.

—Ya ha estado en la iglesia; comulga los jueves y los domingos y trae una soga atada al cuerpo. ¿Quiere V. verla?

Y el gran bárbaro se fue derecho a su prima, con intención sin duda de abrirla el vestido.

—¡Estate quieto, Adolfo!—exclamó aquélla, asustada, nerviosa.

Pero Adolfo no hizo caso y llegó a poner las manos sobre ella. Entonces la niña, con una fuerza que sorprendió a Miguel, le rechazó haciéndole tambalear. Adolfo volvió a la carga riendo groseramente.

—¡Adolfo, que llamo a mi tía!—gritó Maximina, roja como una cereza y saltándosele las lágrimas, y otra vez le rechazó con brío.