—Eso no se hace, chico—dijo Miguel queriendo intervenir.

Pero Adolfo, irritado por la superioridad muscular de su prima, se había agarrado a ella y forcejeaba por abrirle el vestido, aunque sin resultado. Miguel le arrancó a viva fuerza y le puso a la puerta de la sala diciéndole:

—¡Ya podían tus padres darte un poco mejor educación!

Cuando volvió hacia Maximina, la halló sollozando, tapándose la cara con las manos.

—Vamos, Maximina, serénese V.... eso ya pasó.

Pero Adolfo, desde el pasillo, empezó a vociferar:

—Que salga, que salga esa hipócrita... No me marcho de aquí hasta que le atice unas cuantas piñas.

A las voces que daba y al ruido que acababan de hacer, subió doña Rosalía preguntando enojada:

—¿Pero qué es esto? ¿qué pasa aquí?

—Nada, señora—contestó Miguel,—que ese muchacho quería abrir el vestido a Maximina para enseñar una soga que dice que trae.