—No, madre—gritó Adolfo,—es que ella me pegó, porque la llamé beatona.
—Tú te callas, tunante—le dijo la madre encolerizada, aplicándole al mismo tiempo una soberbia bofetada que le enrojeció la mejilla.
Adolfo se puso a clamar al verdadero Dios. Entonces doña Rosalía, arrepentida sin duda de haber lastimado a su hijo, se revolvió furiosa contra Maximina.
—¡Buena hipocritilla estás tú también! Haces la comedia y lloriqueas, hasta que consigues que yo le pegue...
Ante aquella injusticia, la pobre niña quedó como aturdida un instante; en su semblante descompuesto se adivinaban los esfuerzos que hacía para no romper a llorar a gritos. Dejó escapar un sollozo ahogado, se llevó la mano al corazón y salió corriendo de la estancia.
—Vamos; a encerrarse a su cuarto, como siempre—dijo doña Rosalía, sonriendo irónicamente.
No obstante, como veía claro que Miguel no aprobaba su conducta y su propia conciencia tampoco, se esforzó en demostrar que Adolfo era un muchacho aturdido, pero de un fondo excelente; que Maximina era muy susceptible, que no sabía aguantar una broma y tratar a su primo como lo que era... un niño. Por último, allá se fue con él acariciándole y prometiéndole varias cosas para que se calmase. Miguel quedó tristemente impresionado por aquella escena.
Pasó el día vagando de un lado a otro, leyó un poco, escribió otro rato; al fin llegó la noche. Después que hubo cenado y sufrido media hora a su locuacísima huéspeda, se dispuso a acudir a la romántica cita que le había dado la generala. Mientras iba por la calle en busca de la escalera de piedra donde Úrsula había quedado en esperarle, no podía menos de reírse del amor que Lucía profesaba al misterio. Después de todo, puede que tenga razón, concluyó por decirse; si no fuese por estos granos de pimienta echados sobre nuestras relaciones, la verdad es que llegarían a ser muy fastidiosas. Halló a Úrsula sentada en las escaleras dormitando. Al sentir sus pasos se puso en pie vivamente.
—¿Es V., señorito?
—Yo soy: ¿tienes ahí el bote?