—Lo tengo amarrado donde siempre para que no sospechen. Voy a buscarlo en seguida.

La batelera bajó a la orilla y por ella se fue rozando el agua hasta desaparecer enteramente su silueta de la vista de nuestro joven. Pocos minutos tardó en oír el chapoteo de los remos y en percibir el bulto del esquife. Así que encalló, se apresuró a saltar en él; pero antes de que Úrsula lo pusiese otra vez a flote y se alejase de la orilla, tuvo cuidado de sacar un fósforo y mantenerlo encendido hasta que se concluyó. En el mismo instante surgió otra luz, allá a lo lejos sobre la masa oscura de los árboles de la opuesta orilla. La batelera comenzó a manejar los remos procurando no hacer ruido. El pueblo de Pasajes reposaba. En los buques surtos en la bahía habíanse apagado ya los fogones, y los tripulantes se entregaban descuidadamente al sueño. La noche estaba encapotada y apacible. Aunque avezado a las citas nocturnas y secretas, la de ahora, por lo original, consiguió interesar a nuestro joven. No poco contribuyó a ello también el no haber visto a su amante hacía ya cerca de un mes. Con la separación se había refrescado un poco el recuerdo de sus fortunas, que en los últimos tiempos habían perdido para él bastante atractivo. Al llegar al medio de la ensenada, Úrsula le dijo:

—Estamos a medio camino, señorito.

Miguel se puso en pie, encendió otro fósforo y lo mantuvo vivo todo el tiempo que duró.

—¿Sabe V., señorito—le dijo Úrsula,—que si hay alguno por ahí en vela, y nos observa, no sé qué pensará de nosotros?

—Pensará que somos novios, ¿y qué mal hay en eso?

—Para V. ninguno. ¡A mí, buena me pondrían!

En aquel instante surgió otra luz en tierra, pero no ya sobre los árboles, sino más baja.

—¡Mire V., mire V. el fosforito!—exclamó con acento malicioso.

—Rema, rema: a ver si llegamos pronto a la orilla—repuso Miguel.