Un toque de corneta se dejó oír en el silencio de la noche, claro, estridente, partiendo del Ancho.
—¿Qué es eso?—preguntó el joven, asombrado.
—No sé—contestó la batelera con no menos asombro.
Otro toque contestó al primero desde la opuesta orilla. Oyéronse después voces de mando y ruido de pasos a la carrera.
—Boga, boga de prisa, a ver qué diablos significa ese trajín—dijo Miguel.
Úrsula obedeció, y no tardaron muchos minutos en llegar cerca de tierra. Pero al saltar en ella nuestro joven, un grupo de seis o siete soldados avanzó hacia él, poniéndole las bocas de los fusiles sobre el pecho.
—Darse preso todo el mundo.
Miguel quedó pasmado.
—¿Pero por qué?...
—A ver—dijo el sargento, sin escucharle,—uno de vosotros que registre el bote, y vosotros dos meteos por ahí entre los árboles y pilladme a los cómplices.