—¿De qué se trata, señores?—preguntó Miguel, procurando calmarse y calmar a los carabineros (porque aquellos soldados eran carabineros).
—Ya lo sabrá V. en la cárcel—contestó el sargento.
Lo supo antes, por fortuna. Los carabineros, al ver aquellas señales misteriosas hechas desde la bahía y contestadas en tierra, se figuraron que se trataba de un alijo de contrabando, y promovieron todo aquel alboroto. Grandes esfuerzos hizo Miguel para convencerles de que no había semejante cosa, que iba dando un paseo por placer y nada más. Al cabo de media hora de discusión, el sargento tuvo que rendirse a la evidencia, pues no había motivo alguno que confirmase sus sospechas. El joven madrileño le manifestó que había llegado el día anterior en el vapor Carmen, que allí estaba, y a cuyo capitán podían preguntar si era verdad lo que decía: que estaba hospedado en casa de D. Valentín Vázquez, etc., etc. Después de mucho vacilar, el sargento le permitió volverse a su casa, aunque acompañado de un carabinero que averiguase si efectivamente alojaba en la posada que decía.
XIII
Irritado por aquella aventura peligrosa y ridícula, se presentó al día siguiente en casa de la generala, sin tomar precaución ninguna, y la manifestó que no quería oír hablar de citas misteriosas. Lucía, que la noche anterior le había esperado en vano, se condolió extremadamente de su percance, aunque no pudo menos de reír al oírselo contar. Desde entonces se vieron todos los días a la hora que a Miguel le placía visitar el hotel de D. Pablo Bembo.
El tiempo que estas visitas le dejaban libre aprovechábalo para hacer excursiones a San Sebastián, trabajar para el periódico o salir a la pesca con su huésped. Este D. Valentín, antiguo capitán de El Rápido, bergantín redondo que hacía la carrera de la Habana, era una persona bastante original. Tendría a lo sumo cincuenta años; era alto y enjuto y de complexión recia, si no fuese el reumatismo que a largas temporadas le atormentaba mucho; gastaba el cabello largo y la barba, ya gris, en forma de cazo. En su vida había visto Miguel, ni pensaba ver, hombre más silencioso: estuvo una porción de días sin oírle el metal de la voz: cuando le tropezaba en la calle o en casa, el marino se llevaba la mano al sombrero y gruñía algo que debía ser «buenos días» o «buenas tardes» juzgando por hipótesis. En la casa jamás se le oía pedir ni ordenar nada: parecía una sombra cuando entraba o salía o se sentaba a la mesa a comer. Con su mujer y con Maximina, más se entendía por gestos que por palabras: como sus necesidades eran poco complicadas, no costaba gran trabajo tenerle siempre satisfecho. Si el reuma no le tenía postrado, salía, casi todos los días, a pescar en un bote de su propiedad: horas y horas se pasaba el ex-capitán fondeado cerca de tierra, inmóvil, con el aparejo en la mano, dejándose tostar por el sol y azotar por el aire. A fuerza de no mantener relaciones más que con los peces, se había identificado con su naturaleza fría, grave y silenciosa; era un verdadero derviche del mar, cuya aspiración única parecía consistir en penetrar más y más en este elemento y fundirse y disolverse al cabo en él, como una piedra de sal. Por lo demás, en el pueblo era considerado como un buen vecino y marino muy inteligente.
Este hombre, que cruzaba por el mundo en zapatillas, fue el compañero constante de Miguel en sus excursiones marítimas. Claro está que hablaban poco, casi nada; pero nuestro joven había creído comprender por gestos, por gruñidos, más que por palabras, que era simpático a D. Valentín, lo cual podía achacarse a la afición que mostraba a la pesca. Sobre todo desde cierto día en que enganchó (pura casualidad) una magnífica robaliza y consiguió meterla a bordo, el ex-capitán le guardó, aunque tácitas, altas consideraciones. Además, había adivinado también que el ex-capitán profesaba un afecto vivísimo a su sobrina Maximina, bien pagado por parte de ésta: ambos se comprendían admirablemente, con sólo mirarse, y se tributaban todas las pruebas de cariño que podían. Y digo podían, porque doña Rosalía estaba al tanto de este cariño y no manifestaba tendencias muy decididas a alentarlo.
Por todo esto Miguel fue estrechando su amistad con él. Maximina cada día se mostraba a sus ojos más simpática e interesante. Las personas candorosas y sinceras tienen la ventaja de no repetirse. Así que, sin que ella pudiese sospecharlo, al mismo tiempo que le abría su alma para que hundiese la mirada en ella, iba cautivando la de su joven huésped, en términos que a éste llegaron a fastidiarle todos en la casa si no eran Maximina y su tío. Hablaba con aquélla largos ratos aprovechando los momentos en que venía a arreglar su sala.
—¿Está V. ocupado, D. Miguel?
—Ahora voy a dejar la tarea.