—¿Me quieres tú? ¿me quieres?
—¡Suélteme V., por Dios!
—No, sin decirme que me quieres.
—Pues sí, le quiero, le quiero; ¡suélteme V.!
El joven la besó con pasión en los labios y la dejó huir a su cuarto. Él se volvió a la tertulia.
XIV
Miguel sacó el reloj para mirar la hora.
—¡Oh qué reloj tan fastidioso!—exclamó la generala apoderándose de él y metiéndoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo abriese.—Antes, cuando estabas a mi lado no hacías tanto uso de esa alhaja. De pocos días a esta parte no se te cae de la mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido a Pasajes por mí?... Además, observo que estás algo distraído; que siempre cruza tu frente una arruga profunda, signo de graves meditaciones... hasta te encuentro ayer y hoy un poco ojeroso...
—¡Vaya, que no traes mal belén con mi fisonomía!—dijo él sonriendo: bajo esta sonrisa se traslucía la cólera.
En efecto, la generala exploraba a todas horas el semblante de Miguel como el marino el del tiempo. Unas veces estaba pálido, otras fatigado, otras melancólico, otras excesivamente risueño; nunca dejaba de tener alguna cosa que le llamase la atención. Esta eterna y escrupulosa inspección le había halagado al principio, después le aburrió un poco, y últimamente había llegado a irritarle.