—¡Si no se gastase tanto!
—Pero, hombre de Dios, ¿para quién quiere usted ese gatazo que tiene en casa? ¿No es mejor que se divierta por cuenta de los herederos?—dijo doña Martina.
—Mi gato está más flaco de lo que V. piensa, Martinita.
—La torre inclinada de Pisa.
—¡Vaya una cosa rara y sorprendente!—exclamó el coronel.—Yo no sé cómo ha podido construirse esa torre.
—Haciendo que la vertical que pasa por el centro de gravedad, caiga dentro de la base—manifestó Carlitos, que había estudiado su poquito de física en la escuela.
—Muy bien, chico, muy bien—repuso el coronel mirándole.—Eres ya un sabio.
Carlitos se puso colorado de gusto. Pero Enrique, que estaba detrás, se indignó con aquella prueba de sabiduría que acababa de dar su hermano, y le dijo al oído:
—¡Farol! ¿Ya has metido la cucharada? ¡Farol de retreta!
El Gran Arquitecto, que tenía mucho puntillo y no estaba avezado a sufrir injurias tan manifiestas, le alumbró por toda contestación una soberana morrada en las narices. Pero Enrique, que conocía a dónde llegaban las fuerzas de su erudito hermano, sin proferir una queja, se arrojó sobre él como un león, y le hubiera despedazado a no intervenir muy oportunamente en la contienda doña Martina.