—Envía esos niños a la cama—ordenó D. Bernardo.
—Ahora, ahora; en cuando lleven a Miguel a su casa—repuso la señora.—Estoy esperando que el criado concluya de comer.
—El puerto de la Habana—dijo Romillo poniendo el estereoscopio delante al coronel.
—Su país de V.—dijo Eulalia a Valle, con un amago de sonrisa.
—¿Tiene V. deseos de ver su tierra?—preguntó doña Martina.
—¡Y cómo no, señora!—respondió el cubano poniendo otra vez los ojos en blanco y con afluencia admirable.—¿No he de tener deseo de ver a mi paí, lo sitio donde se han deslisado lo año de mi infansia? ¿No he de tener grabado en mi corasón aquello paraje tan delisioso, aquella naturalesa tan rica? ¿No he de apetesé encontrarme otra ves en medio de aquella selva vírgene, bajo un sielo siempre asul, y bebé el agua del coco y comé la piña y el plátano y la guayaba?
Hablaba de carrera y sin detenerse cual si le hubiesen dado cuerda.
Cuando terminó el panegírico, volvió a poner los ojos en su sitio, y el rostro perdió repentinamente su expresión animada, como si el mecanismo interior se hubiese parado.
—Paisaje de las orillas del Nilo—manifestó Romillo.
—De aquí salieron las siete vacas gordas y las siete flacas que vio José en sueños, ¿no es verdad?—preguntó doña Martina mientras miraba con atención por los cristales.