Miguel.»
Tres días después la contestación de Julia, que decía así:
«Mi más querido hermano: Si por mi gusto fuese, no te escribiría hoy, porque tengo que darte una noticia desagradable; pero mamá lo manda... y... cartuchera en el cañón, quepa o no quepa. La noticia es que nos vamos a Madrid en la semana próxima, hacía el miércoles o jueves. Por consiguiente, ya sabes que debes ponerte en camino cuanto antes. Mucho siento arrancarte esa felicidad que dices sentir y en la cual no creo. Toda la vida has sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizonazos que has de llevar en el otro mundo. Esa pobre chica será bien desgraciada si se fía de tus palabritas de miel; no tardará en ir al panteón de las víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. ¡Me avergüenzo de ser hermana tuya, gran tuno!
Sabrás como tenemos noticia de que tío Manolo se casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. Lo mismo uno que otro necesitan ponerse dentadura nueva, porque están algo duritos. Ahí te envío una carta que por la letra me parece de él: supongo que será dándote parte de la boda.
El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuerdos. Mamá lo mismo. Yo no me contento sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes que soy especialista en ese ramo. Avisa cuando sales.
Julia.»
Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel Rivera noticiándole su próximo matrimonio. El antiguo seductor se manifestaba en ella contrito y con grandes deseos de reformarse en lo tocante a la moral y las costumbres, y anunciaba en términos concretos que estaba resuelto a someterse a las leyes generales que rigen los destinos de la humanidad y la encaminan a lo infinito: hablaba de la necesidad imperiosa que siente el hombre de tener una compañera «que le ayude a soportar el fardo de la vida,» de los goces dulces e inefables del hogar doméstico, de los mutuos sacrificios. Por último, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y le rogaba se dignase bendecir «su pobre choza.»
Miguel, en vez de enternecerse como debía, se rió mucho leyéndola: mas al instante quedó triste y cabizbajo al recordar que debía abandonar a Pasajes dentro de pocos días. La verdad era que lo estaba pasando bien y que no le halagaba nada tornar de nuevo a la bulliciosa vida de la corte. Por otra parte, ¡qué sentimiento tan vivo experimentaría la pobre Maximina! En cuanto a la generala, hacía ya días que había formado propósito irrevocable de romper con ella, si bien esperaba verse lejos para llevarlo a cabo; no le acomodaba hacerlo en una entrevista por no escuchar sus quejas de codorniz romántica.
En la expresión melancólica y reflexiva de su cara adivinó Maximina que algo triste le pasaba. Trató de mostrarse entonces más alegre y habladora que de ordinario, a fin de disipar su mal humor: adivinaba vagamente que de rechazo iba a caer sobre ella; pero no lo consiguió; Miguel, contra su costumbre, respondía con gravedad a sus instancias.
—¿Qué tienes?—le dijo al fin tímidamente.—¿Estás enfadado conmigo?