Maximina movió varias veces la cabeza en señal afirmativa. Conmovido por aquel silencio, que revelaba mejor que ninguna frase lo que su alma sentía, el joven le tomó una mano y la llevó suavemente a los labios: por primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resistencia alguna. Cada vez más embargado por la emoción, Miguel dejó que su alma se desbordase; la expresó con lenguaje vivo y apasionado cuánto la amaba y lo feliz que algún día sería uniéndose a ella; la prometió no olvidarla ni un solo instante, escribirla a menudo y venir a verla en cuanto le fuese posible.
La niña se llevó la mano a la frente y dijo con voz alterada:
—Se me está partiendo la cabeza de dolor...
En aquel momento entró doña Rosalía en el estanquillo.
—¡Pobrecita!—exclamó Miguel.—Debe V. acostarse un poco a ver si se le pasa.....
—¿Qué; te duele la cabeza?—preguntó la tía.—La canción de siempre..... Anda ve a recostarte hasta la hora de comer: ya te llevaré el agua sedativa.
Maximina subió a su cuarto y doña Rosalía quedó disertando con Miguel, que apenas la escuchaba. Por la tarde la niña pudo bajar al estanquillo: tenía el semblante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, ella le dijo tímidamente:
—¿Quieres una cosa que voy a darte?
—¡Ya lo creo! Cuanto tú me des será para mí sagrado.
Maximina sacó del bolsillo un crucifijo de plata pendiente de un cordón y se lo entregó ruborizada diciendo: