XVI

Llevaba el corazón tan henchido de amor, de admiración, de entusiasmo, que Julita se vio necesitada a sufrir a diario, por algún tiempo, las descripciones que le plugo hacer de la bondad, sencillez e inocencia de la niña de Pasajes. A las mujeres no les disgusta esta clase de confidencias: así que, lejos de huirlas, las provocaba, informándose con deleite de todos los pormenores más o menos pueriles de aquellos amores idílicos, tan en consonancia con su edad y su sexo.

Miguel rehusaba enseñarle el retrato. Temía que no le gustase. Después de muchos ruegos, y anunciando con empeño «que físicamente valía poco,» lo sacó de una cartera donde lo llevaba.

—¡Pues no tiene nada de fea!—exclamó Julita.—Al contrario, es una cara muy simpática...

A Miguel se le ensanchó el corazón, y se dibujó en sus labios una sonrisa beata.

—¿Sabes a quién se parece un poco?... A Clarita Mazón...

Clarita Mazón era una joven bastante linda. Sin embargo, Miguel no transigió con el parecido, y hasta se indignó.

—¡Pero qué enamorado estás, Miguel!—exclamó Julita sonriendo maliciosamente.—Así me gusta... Ya era tiempo de que la veleta quedase fija un instante... ¿Sabes que si yo estuviese en la piel de esa niña las habías de pagar todas juntas?

—Lo creo—repuso el joven riendo.

—No te duermas sobre los laureles, pillo, porque en cuanto yo pueda entenderme con ella, se lo he de aconsejar.