—No te hará caso.
—¡Quién sabe! Le haré ver lo que tú eres con esa cara de angelito de retablo.
Desde Santander, Miguel telegrafió a Pasajes, dando noticia de su llegada. Así que saltó del tren en Madrid, puso otro telegrama, y escribió aquel mismo día. La contestación de Maximina tardó seis en llegar. La impaciencia que nuestro joven manifestó en estos días hizo reír mucho a su hermana. Contra su costumbre, aguardaba en casa al cartero, y hasta le espiaba detrás de los cristales del balcón y le iba a abrir él mismo la puerta.
La carta, que al cabo recibió, venía en un sobre pequeño, escrito con magnífica letra inglesa, la letra que se enseñaba en el convento de Vergara; su contenido no era largo ni expresivo, pero respiraba modestia y candor: llamábale en el comienzo «apreciable Miguel» y se despedía como «segura servidora,» lo cual le hizo reír. En la réplica le dio bastante matraca con aquella «segura servidora,» y la niña, en las cartas siguientes, modificó su despedida: el comienzo, o sea el «apreciable,» ya le costó más trabajo que lo cambiase; al fin, se aventuró a llamarle «querido Miguel.» Todas las cartas se las leía éste a su hermana. Julia principió a sentir viva simpatía hacia aquella niña de menos edad aún que ella. Un día le dio una estampita de su libro de misa, para que se la enviase de su parte. Maximina, al acusar el recibo, se manifestó tan conmovida por aquel regalo, que Julia no pudo resistir al deseo de ponerla una posdata en la carta de su hermano, dándole cariñosas expresiones. La niña de Pasajes contestó con otra; se cambiaron después los retratos; por último, al cabo de dos meses, ya se escribían directamente.
Por este tiempo el hijo del brigadier había cortado enteramente sus relaciones con la generala Bembo. No pocos esfuerzos caligráficos le costó aquel rompimiento: las quejas de la nueva Ariadna venían diariamente por el correo esparcidas en cinco o seis pliegos de letra menuda: era necesario contestar a ellas: al fin Teseo se cansó y las guardó filosóficamente en el bolsillo. Entrado ya el invierno, Ariadna volvió a Madrid, y no se pasaron quince días sin que la trompeta del escándalo pregonase sus amores con el secretario de la Embajada francesa. A Miguel no le maravilló nada este suceso.
Un día Julita le dijo a boca de jarro:
—¿Cuándo piensas casarte, Miguel?
Se puso colorado, y respondió vacilante y confuso:
—¡Oh, el matrimonio!... Hay que pensarlo con calma.... Es un negocio muy grave.
Y cortó repentinamente la conversación, hablando de otra cosa. Julia se quedó triste y pensativa. Le hizo esta pregunta, porque había observado que su hermano no menudeaba tanto las cartas a Pasajes como antes. Empezó a sospechar que se iba cansando, y tembló por la pobre Maximina. No se dio por vencida, sin embargo. Al cabo de pocos días le cogió en su cuarto, por la oreja, y le dijo medio en broma medio en veras: