—No te suelto si no me dices ahora mismo si piensas o no casarte.
—Pero, chica, ¿a ti que te va ni te viene en eso?—contestó el joven riendo.
—Tengo interés por Maximina, porque es mi amiga.
—¡Si no la conoces!
—No importa, la quiero ya como si la conociese.
—¿Tendrías gusto en ser hermana política de la sobrina de una estanquera?—preguntó el joven con malicia.
—¡Ya lo creo!—repuso Julia poniéndose seria.—Si es buena y bien educada, ¿por qué no?...
—No vayas a pensar que yo me detengo por eso—dijo Miguel, poniéndose también serio.—He meditado mucho en estos últimos meses acerca de tal asunto, y al fin no he podido menos de confesarme que no sirvo para casado. El que ha hecho hasta los veintisiete años la vida independiente que yo, es muy difícil que pueda acomodarse al orden, a la paz, a la serie de sacrificios que el matrimonio exige... Y, francamente, para ser un mal casado, ¿no vale más que permanezca soltero toda la vida?... Por otra parte, si me caso con esa chica, que no está acostumbrada al trato de gente ni ha entrado jamás en sociedad alguna, ya comprendes que debo renunciar en absoluto a mis relaciones y a las antiguas amistades de mi familia: yo no quiero pisar un salón donde mi mujer no haga buen papel... Además, Maximina es demasiado niña y demasiado inocente para dominar a un hombre tan maleado como yo, y para regir una familia...
Así continuó el hijo del brigadier rebuscando argumentos en su cerebro para ocultar los verdaderos móviles de su conducta, que eran el tedio y la vanidad, pasiones asquerosas que la vida cortesana habían despertado nuevamente en su corazón. Julia no apartaba su mirada escrutadora de él, lo cual concluyó por turbarle y obligarle a callar. Después de algunos momentos de silencio, aquélla exclamó moviendo la cabeza con dolor:
—¡Pobre Maximina!