No tardó en llegar con ella en la mano: sentose de nuevo y se puso a leerla con gran calma, observando de reojo al herido.

Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y exclamó mirando al techo:

—¡Pobre niña!

Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra vez la costura y se puso a mover la aguja en silencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo volvió a decir:

—Voy a pedirte otro favor...

—Lo que quieras...

Toma las llaves de mi escritorio, que están ahí en el chaleco, abre el segundo cajón de la izquierda y saca un crucifijo de plata que hay en él... y tráemelo.

—Aquí está—dijo presentándoselo a los pocos instantes colgando de un pedazo de cordón.

—Este crucifijo—manifestó algo ruborizado—me lo dio Maximina al separarnos: se me rompió el cordón, y esperando comprar otro, lo guardé en el escritorio.

—Tengo yo uno; no necesitas comprarlo—repuso la joven tornando a salir de la estancia y entrando otra vez al instante con un cordoncito azul. Y sin más dilación tomó el crucifijo de manos de Miguel, sacó el cordón viejo, metió el nuevo y dijo con naturalidad: