—¿Quieres que te lo cuelgue?

—Bueno—contestó Miguel poniéndose otra vez colorado.

Al tiempo de colgárselo, Julita acercó la boca a su oído y le dijo graciosamente:

—Si lo hubieras traído siempre, no te habrían herido.

Y sin esperar contestación salió dando brincos. Cuando estuvo en el pasillo, se quedó inmóvil de repente, meditó un momento, y dibujándose en su rostro una sonrisa de placer, siguió corriendo a su cuarto y acto continuo se puso a escribir.

La verdad es que en los días que siguieron a esta escena, Julita se manifestó digna de una plenipotencia de primer orden.

Pocos diplomáticos se hubieran conducido con tanta habilidad.

No volvió a hablar a su hermano de Maximina: pero le dejaba largos ratos solo, y cuando estaba a su lado permanecía quieta y silenciosa, esperando con razón que el pensamiento del herido llevaría a cabo su tarea, y mejor por sí solo que con auxilio de nadie. De vez en cuando, dando largos rodeos, que la hacían reír, Miguel sacaba la conversación de Pasajes y de Maximina, contándole por centésima vez todos los episodios de sus inocentes amores. Ella le escuchaba atenta, le animaba a seguir, pero guardándose de hacerle pregunta alguna acerca de sus designios. Esta táctica parecía excitar cada vez más la locuacidad del enfermo; y aun se advertían en él ciertos deseos de comunicar alguna cosa de más trascendencia; mas tales deseos veíanse contenidos por la reserva y el silencio de Julia.

Una mañana, por fin, ésta vino a sentarse más temprano que de costumbre a su cabecera. Si Miguel se hubiera fijado en ella, tal vez habría advertido en sus ojillos inquietos y negros un brillo singular y en sus manos cierto temblor inusitado; pero se hallaba tan embebido en sus pensamientos y habitual melancolía, que nada observó.

—Dime, Miguel—le dijo la joven levantando resueltamente la cabeza,—¿qué piensas hacer cuando te levantes?