—¿Cuando me levante?... ¿Qué quieres decir?..—repuso sorprendido.

—Sí; ¿qué piensas hacer de tu vida?

—¿Qué sé yo, chica?... Lo de siempre.

Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que su hermana concretase más el pensamiento: viendo que no lo hacía, se decidió a hablar.

—La verdad es, Julia, que he meditado bastante en estos días acerca de mi situación, y no la encuentro tan halagüeña como a primera vista parece. Tú y mamá constituís hoy mi única familia. Con los demás parientes no cuento para nada. Tú te casarás, como es natural. Mamá... ya sabes cómo tiene el genio; la vida a su lado no puede ser alegre. Por otra parte, me voy haciendo viejo (carcajada de Julia). No te rías; aunque por fuera no me siento viejo, por dentro necesito ya sosiego, comodidades; la vida de fonda me horroriza. No puedes figurarte la compasión que me inspiran esos viejos que andan rodando solos por las casas de huéspedes..., que se ponen enfermos y tienen que llamar a una hermana de la caridad... que al llegar de la calle no pueden comunicar sus impresiones tristes o placenteras con un ser querido... que con ganas o sin ellas se ven forzados a salir todas las noches, porque la soledad les arroja del cuarto... ¡Es horrible!

—Bien; todo eso quiere decir que deseas casarte—manifestó Julia con sonrisa burlona.

—No he dicho tal cosa—respondió avergonzado, y reponiéndose en seguida, exclamó:—Pero si lo hubiera dicho, ¿qué?... ¿Tiene algo de particular?

—Nada, hombre, nada; al contrario, siempre he creído que debías casarte.

—¿Pero con quién?—preguntó el joven en tono angustioso.

—Con la muchacha que más te guste..., si es que te quiere.