—Ahí está la dificultad..., que no me gusta ninguna.
—¿Ni la de Pasajes tampoco?
Miguel se turbó aún más, y dijo con palabra vacilante:
—¡Qué pícara eres! Maximina me gustaba. La verdad es que sería una buena esposa...
—¿Pues por qué no te casas con ella?
—¿Crees tú...?—preguntó dirigiéndole una mirada tímida y anhelante.
—¡Vaya! Yo me alegraría muchísimo. Creo que es la única mujer que te conviene.
—¡Ay, Julita!—exclamó con vehemencia incorporándose un poco.—Qué placer me has dado. Hace una porción de días que no pienso en otra cosa.
—Lo sabía perfectamente... Pero hazme el favor de taparte, porque si te mueres no hay boda, y yo quiero comer dulces a toda costa.
Miguel la dirigió una sonrisa de reconocimiento. Hubo otra pausa. Se quedó pensativo y miró dos o tres veces de soslayo a su hermana, como si no se atreviese a manifestarle lo que cruzaba por su mente. Al fin se aventuró a decir: