—Todavía tengo que pedirte otro favor, Julita.

—Ya sé cuál es: que escriba a Maximina, ¿verdad?

—¡Qué talento tan prodigioso! No pareces hermana de un redactor de La Independencia... Escríbele, sí, porque yo, Dios sabe cuándo podré coger la pluma.

—¿Y qué le digo?

—Lo que quieras.

—Bien; le diré que la quieres mucho y que deseas casarte con ella a escape.

—¡Eso; y que es más guapa que la virgen del Carmen!

—Calla, bruto. Voy ahora mismo, no sea que te vuelvas atrás.

Salió de la alcoba; no se pasaron dos minutos sin que se la oyese gritar desde la puerta:

—Ya he escrito, Miguel. Ahí está la contestación.