Alzó los ojos y vio a la misma Maximina, a quien Julia empujaba hacia la cama. Detrás vio asomar la cara del hombre-pez, o sea de D. Valentín, el ex-capitán del Rápido, quien hacía todo lo posible por ocultarse detrás de las jóvenes. Creyó que estaba soñando: de tal modo se pintó el espanto en sus ojos, que Maximina se detuvo en medio del gabinete.
—¡Vamos, necio, no pongas esa cara, que la asustas!—exclamó Julita.
Brilló entonces una chispa de gozo en los ojos del joven. Maximina, más roja que una cereza, avanzó unos pasos más y le preguntó con voz temblorosa:
—¿Cómo se encuentra V., Miguel?
—¡En el sétimo cielo; a la derecha de Dios Padre!
Y tomándole una mano comenzó a besarla con frenesí, como si no hubiera nadie delante.
—Julia te ha escrito pidiéndote perdón de mi parte, ¿no es verdad?... Diciéndote que estaba en peligro de muerte, y deseaba casarme contigo, ¿verdad?... Pues todo, todo eso es cierto... Sólo que ya no me muero. Me casaré en cuanto me levante de esta cama y seremos muchos años felices... Digo (bajando la cabeza y cambiando de tono) en el caso de que tú me quieras... ¿Estás conforme con el programa?
La niña hizo una señal afirmativa: la emoción la impedía hablar.
Miguel estrechó con fuerza sus manos y las llevó al corazón.
D. Valentín contemplaba atónito aquella escena. Julita, desde la puerta, exclamó sentenciosamente llevándose un dedo a la frente: