Al mismo tiempo apretó un resorte que el aparato tenía, y trocó la vista del templo por la de una figura obscena. Sólo para esta broma había comprado y traído el estereoscopio.
Hojeda apartó instantáneamente los ojos horrorizado, y encarándose con el coronel, le preguntó con retintín:
—¿Y le gusta a V. esto, coronel?... ¡No están malas columnas!
El coronel le miró sorprendido.
—A ver, a ver...—dijeron todos.
Romillo volvió a colocar la vista primitiva, que fue muy celebrada. Entonces D. Facundo, viéndole sonreír, cayó en la broma y comenzó a dirigirle miradas iracundas; y hasta se acercó a él disimuladamente para decirle por lo bajo con voz irritada:
—¡Parece mentira que un joven bien educado traiga aquí esas porquerías!
—¿Qué tiene V., D. Facundo?—preguntó Juanito en voz alta.
El boticario, desconcertado con la audacia de aquel mequetrefe, contestó lleno de confusión:
—Nada, nada; le preguntaba a V. si aún faltaban muchas vistas... porque deseo retirarme temprano esta noche.