Roedores, desdentados, proboscideos, paquidermos...

—¡Basta te digo, niño!

Solípedos, rumiantes, sirenios y cetáceos.

—¡Si no te callas, Carlitos, voy allá y te arranco las orejas! Cuidado con lo cargante que se pone este chiquillo algunas veces!

—¡Anda, bien empleado te está, por farol!—le dijo por lo bajo Enrique.

—Déjele V., amigo Rivera, déjele V. esplayarse. ¿V. no sabe que la ciencia a veces produce indigestiones?—manifestó el coronel.

Carlitos cerró la boca muy mohíno.

—El templo de Santa Sofía en Constantinopla—vea V., coronel—dijo Romillo.

—¡Hombre, muy hermoso!... No sabía yo que en Constantinopla hubiese un templo semejante. ¡Qué columnas tan preciosas! ¡qué columnas!...

—Vea V., D. Facundo, vea V.—dijo Romillo quitándoselo al coronel y poniéndoselo delante al boticario.