Silencio sepulcral por parte de éste.

—Vamos, ven aquí, tonto, ven aquí—le dijo con voz cariñosa; y metiéndole de nuevo entre sus rodillas, comenzó a besarle con afán.

—¿No es verdad que a ti no te disgusta tener una mamá?... ¿No ves cómo todos tus amigos la tienen menos tú?... Ya verás cómo la quieres... pero nunca más que a mí, ¿no es cierto?... Y cuando vayas al colegio ya podrás decir a los compañeros:—Tengo una mamá, como vosotros... Y lo mismo a tus primos Enrique y Carlos... Y saldrás con ella a paseo en coche para que todos la vean. Ella, que es muy buena, te ha de querer mucho, y tú no la darás ningún disgusto, ¿verdad? Ya te conoce por el retrato... Y tú la conocerás muy pronto a ella... ¿Quieres conocerla ahora mismo?

Y con mano febril, por donde se podía adivinar el grado de apasionamiento a que el brigadier había llegado, sacó del bolsillo una cartera y de la cartera un retrato de mujer, que puso delante de los ojos a su hijo.

—Mírala, ¿te gusta?

Miguel la echó una rápida mirada por complacer a su padre y bajó la cabeza en señal afirmativa.

—Vamos—dijo el brigadier en voz baja y temblorosa,—dala un beso.

El chico obedeció posando levemente los labios sobre el retrato. Su papá le pagó este acto de galantería con un sinnúmero de caricias y le fue a despedir hasta la puerta muy conmovido.

Al día siguiente el brigadier anunció a su hijo que se marchaba en busca de la mamá y que tardaría en volver cuatro o cinco días; recomendole con mucho encarecimiento la formalidad durante su ausencia, el respeto al ama de llaves, la mesura con los demás criados, la puntual asistencia al colegio, el estudio, etc., etc.

—Aquí llega tu tío Manolo—dijo viendo entrar a su hermano,—a quien te dejo recomendado: él se encargará de dar una vuelta por aquí todos los días y enterarse de cómo sigues y qué tal te portas...