En los dos primeros años vino el asistente de su padre a sacarle todos los domingos del colegio y llevarle a casa. El corazón le palpitaba de alegría cuando el inspector le avisaba para que se vistiese el uniforme y se preparase a salir. En casa, sin embargo, no le aguardaban grandes recreos: comer con su padre, besar a su hermanita, retozar con los criados en la cocina y salir a paseo en coche: y a cambio de estos gustos, contemplar todo el día el rostro de su madrastra que cada vez le parecía más aborrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el pobre chico apetecía con ansia el amor y los cuidados de la familia: ante la bárbara indiferencia del colegio, el cariño y la consideración que le testimoniaban los criados de su casa éranle sabrosos.

Fácil es de suponer que la antipatía de la brigadiera no cedió nada durante este tiempo; antes se fue recrudeciendo gradualmente, por más que no tuviese tantas ocasiones como antes de mostrarla. Otro tanto acaeció con Miguel: en su naturaleza impresionable fue echando raíces de tal suerte, que apenas podía mirarla sin advertir que se le encendían las mejillas y la cólera le roía el corazón. En ciertos momentos, cuando se hallaba bajo el peso de algún nuevo agravio, volaba su imaginación en alas de la cólera y se complacía en ir estudiando detenidamente todos los tormentos de que había oído hablar, los que empleaba la Inquisición con los herejes y los Emperadores romanos con los cristianos, y todos ellos se los aplicaba con fruición a su madrastra. Al cabo sucedió lo que era de esperar. Una tarde, al regresar del paseo con sus compañeros, cruzando desde el Prado a la calle de Alcalá, se vieron obligados a pararse por no ser atropellados de los carruajes. Los ojos de Miguel, que estaba en primera fila aguardando el desfile, tropezaron con los de su madrastra, que venía en carretela abierta. La brigadiera le hizo un signo con la cabeza; pero el niño contestó clavando en ella una mirada fría y apartando después los ojos con desdén. ¡Ay! la brigadiera llegó a su casa en tal estado de exaltación, que los criados pensaron que se había vuelto loca: hubo necesidad del frasco del éter, fricciones de agua fría en las sienes y una cucharada del anti-espasmódico; al cabo de media hora la irascible andaluza rompió a llorar perdidamente, llamándose la mujer más infeliz de la tierra. La brigada toda padeció durante quince días por causa de la grosería de Miguel; pero muy particularmente su digno jefe, que tardó algunos meses en ver limpio de nubarrones el cielo conyugal. Desde entonces el colegial no volvió a pisar las escaleras de la casa, mal llamada de su padre, pues era de todo en todo de su madrastra.

No le pesó tanto a Miguel como era de presumir: por aquella época comenzaban a estrecharse sus relaciones singulares con Petra, y los domingos en que a la planchadora no le tocaba salir, pasaba la mayor parte del tiempo en su grata compañía. Lo único que sintió positivamente fue el verse privado de acariciar a su hermana, de la cual continuaba siendo el gato predilecto. En cuanto a su padre, empezó a visitar con más frecuencia que antes el colegio de la Merced: dos o tres veces por semana le llamaban a la hora de recreo para decirle que su papá le aguardaba en el salón, y al oírlo, volaba hacia allá con el corazón henchido de alegría. El brigadier le recibía con los brazos abiertos y le apretaba contra el pecho preguntándole después con sonrisa dulce y triste:—«¿Cómo te va, hijo mío?»—Se enteraba minuciosamente de sus estudios, de sus recreos, de sus faltas, de sus premios, de cuanto le ocurría, en suma, y no se cansaba de recomendarle la formalidad y la aplicación; casi nunca se marchaba sin dejarle algún regalo o dinero, que no pocas veces pasaba íntegro a las manos de la gentil planchadora, dueño absoluto de sus acciones y pensamientos.

Miguel empezó a notar que el abrazo que su padre le daba al verle era cada vez más prolongado, y la sonrisa con que le saludaba cada día más dulce y más triste. El corazón le dijo que era muy desgraciado, y a medida que lo era aumentaba el cariño que le profesaba. El brigadier Rivera, que ostentaba en su pecho los días de besamanos la cruz laureada de San Fernando, gemía en una esclavitud insoportable. La red en que la soberbia andaluza le tenía aprisionado, era ya tan tupida, que el triste no podía sacar un dedo fuera sin riesgo de provocar algún conflicto. ¡Quién sabe los esfuerzos y la habilidad que desplegaba, los peligros que corría para lograr el ver tan a menudo a su hijo! Apagado el fuego de la pasión amorosa que le había arrastrado a un segundo matrimonio, padeciendo los vejámenes que éste trajo consigo, despertose en su memoria la pura felicidad que había gozado con el primero y el recuerdo de las virtudes de su infeliz esposa; el amor del hijo que le había dejado, creció en su pecho con estas dulces memorias, y la común desgracia que sobre ellos pesaba, contribuyó también a acalorar su cariño. Al fin era su primogénito, el fruto deseado de sus primeros amores, el depositario de su apellido y el único que podía trasmitirlo, por cuanto de su esposa Ángela no tenía varón: todo se fue agregando en favor del colegial. Además, su hija Julia se criaba con tanto mimo y melindres, producía tales disturbios en la casa y originaba tantos disgustos, que en medio del amor de padre, que no muere nunca, el brigadier Rivera no podía menos de sentir hacia ella cierto leve rencor que la desgracia de Miguel contribuía a sostener. Por eso su tremenda esposa, al verle algunas veces salir de casa sin dar un beso a la niña, le llamaba padre desnaturalizado.

Los momentos de verdadera dicha para el brigadier eran aquellos en que se encerraba con su hijo en el salón del colegio. Lejos de las miradas del enemigo común, podía entregarse libremente a las expansiones del afecto paternal, y se entregaba de buen grado. Teníale larguísimo rato entre sus rodillas, mirándole fijamente con ojos aterradores para cualquiera menos para Miguel, que ya sabía a qué atenerse; tirábale por los cabellos suavemente, y a menudo le rozaba las mejillas con sus feroces y encrespados bigotes. Algunas veces le montaba sobre los muslos y se entregaba, sin saber por qué, a un movimiento vertiginoso de caballo desbocado haciéndole saltar más de lo que el chico deseara. Cuando el furioso corcel quedaba rendido y jadeante, nuestro colegial veía a menudo deslizarse por el rostro de su padre una lágrima abultada que se deshacía al llegar al bigote, después de lo cual, el bravo brigadier apretaba a su hijo contra el pecho hasta descoyuntarlo, murmurándole al oído palabras amorosas. Algunas veces solía decirle:—«Tú no sabes, hijo mío, lo que te quiere tu padre; ya lo sabrás, ya lo sabrás... ¡y a alguno le pesará!» añadía en tono triunfal. Miguel no sabía lo que estas palabras significaban; pero veía sonreír a su padre, y esto le ensanchaba el corazón.

Un día aquél vino a noticiarle con tristeza que había pedido el cuartel para Sevilla. Miguel comprendió inmediatamente que quien lo había pedido era su madrastra. El brigadier le abrazó llorando y se despidió repitiéndole al oído las mismas incomprensibles palabras: «¡Ya sabrás, ya sabrás lo que te quiere tu padre!» La andaluza no quiso decirle adiós, ni Miguel se humilló a solicitarlo. Desde Sevilla su padre le escribía muy a menudo, y cada cinco o seis meses venía a hacerle una visita; pero jamás intentó llevarle a pasar las vacaciones en su casa. El pobre colegial, al llegar el mes de junio, veía partirse a todos sus compañeros alegres como las golondrinas, y durante algunos días lloraba a solas en su cuarto. Mas pronto se consolaba, que en su edad las penas no abren surco profundo en el corazón, y aceptaba la vida monótona y holgazana del colegio con gusto.

Su respetable tío D. Bernardo Rivera venía a visitarle de vez en cuando, y si él no podía hacerlo a causa de sus graves ocupaciones, comisionaba al bueno de Hojeda, para que fuese en su nombre. Miguel prefería estas visitas por representación. D. Facundo era un hombre corriente que le enteraba de todo lo que ocurría por el mundo (el mundo de D. Facundo), le traía siempre alguna golosina y se dejaba interrogar con la paciencia de un santo. Por él supo que su prima Eulalia se casaba al fin con Arturo Valle, el joven abolicionista que había conocido en casa de tío Bernardo, quien había consentido en este matrimonio en vista de que Valle iba templando un poco sus opiniones avanzadas y había renunciado a los banquetes antiesclavistas. Pero como la naturaleza sensible de este joven necesitaba algún tierno desahogo, sustituyó a los esclavos por los niños, dedicando toda su actividad a la protección de estos seres inocentes; fundó una sociedad para el efecto, e inauguró una serie de banquetes que dieron mucho que decir a los periódicos; también escribió algunos folletos acerca de «la educación física intelectual y sentimental de los niños,» «los juegos de la infancia,» «el trabajo de los párvulos,» etc., etc. D. Bernardo le dejó este recurso inofensivo, aunque hubiera deseado más que se dedicase a los trabajos del foro y a la resolución de otros problemas jurídicos de mayor importancia. También supo por Hojeda (y esto le llenó de asombro), que Lucía Población, aquella señorita rubia, tan dulce, tan poética, amiga de su madrastra había dado su mano al coronel Bembo, ascendido hacía poco tiempo a brigadier. En esto habían venido a parar aquellas largas disertaciones acerca del amor, el ideal, los presentimientos y otras reconditeces psíquicas que le había oído, aunque sin comprenderlas, cuando iba a comer a casa; en casarse con un elefante. Su tío Manolo venía también a verle; pero era muy caprichoso y desigual en sus visitas; le daba una temporada por ir casi diariamente y sacarle a menudo a paseo, violentando para ello la voluntad del director y las prácticas del establecimiento; después se pasaba dos o tres meses sin parecer por el colegio.

Cuando Miguel se hizo bachiller, con la nota de sobresaliente en letras y la de aprobado en ciencias, vino su padre de Sevilla, y tuvieron una larga conferencia para tratar de la elección de carrera: el brigadier se inclinaba a la de ingeniero; pero Miguel quiso ser abogado, y aquél no se atrevió a contrariarle. Ofreciose después la cuestión de alojamiento; en el colegio ya no podía permanecer; el brigadier pensó en la casa de su hermano Bernardo; pero habiéndole tocado el asunto con delicadeza, halló una acogida tan fría, quizá por la fama que Miguel tenía adquirida de travieso, que le dejó muy ofendido, y jurando no volver a pedir jamás un favor a su hermano. En Manuel no pensó, porque conocía demasiado su género de vida, incompatible con los cuidados y la vigilancia que exige un muchacho de diez y siete años. Al fin no tuvo más remedio que dejarlo acomodado en una casa de huéspedes, modesta, pero decente, de la calle de Jacometrezo. Antes de marchar le pronunció un sentido discurso acerca de la necesidad de ser formal y estudioso, «siquiera porque aquella no me saque loco echándome todo el día a la cara tus travesuras.»

Con esta etapa dio comienzo para nuestro mancebo un modo de vida totalmente distinto del que hasta entonces había tenido. El goce inefable de la independencia le embargó por algunos meses; entraba y salía de casa cien veces al día, sin necesidad alguna, sólo para convencerse de que era libre, dueño de sus acciones; tiraba de la campanilla y se hacía traer vasos de agua sin tener sed; compró una petaca y algunas libras de tabaco picado, y para aprender a hacer cigarros, se ensayó, por consejo de un teniente de artillería que se alojaba en la misma casa, haciéndolos con arenilla de la salvadera; corría por las calles deteniéndose largo rato delante de los escaparates, y gastaba el dinero alquilando por horas berlinas de punto; entraba en los cafés y pedía copas de ron o cognac, sólo por enjuagarse la boca, pues no podía atravesar los licores. Se enamoraba de cuantas corbatas veía, y no pudiendo resistir a la tentación de comprarlas, llegó pronto a poseer una colección asombrosa: después le dio por los gemelos y trasladó a su cómoda toda una tienda de bisutería; después, por las boquillas de espuma de mar. Últimamente se enfrascó en la lectura de novelas: leía bueno y malo, cuanto caía en sus manos.

En los primeros meses de curso asistió unas cuantas veces a la Universidad: los profesores le aburrieron: usaban todos una jerga filosófica que le parecía necia e incomprensible. Prefirió corretear por Madrid en compañía del teniente de artillería y otros amigos, que no tardó en adquirir, de los cuales fue al instante muy querido por su genio abierto y simpático y su «buena sombra.» Su vida durante aquel curso hay que confesar que no fue muy edificante. Su amigo íntimo y compañero de colegio, Perico Mendoza, también comenzó cuando él la carrera de derecho, pero con muy diversos auspicios. Desde la apertura del curso no hubo estudiante más puntual ni más diligente; cargado siempre de cuadernos camino de la Universidad, o metido en su cuarto poniendo los apuntes en limpio; esta era su vida. Alojaba en una modestísima posada de la Corredera baja de San Pablo, pagando nueve reales al día. El pobre Brutandor, apesar de sus apellidos ilustres y sonoros, estaba muy lejos de nadar en la opulencia. Su padre, según pudo averiguar más adelante Miguel, era un cirujano de un pueblecillo de Extremadura; la carrera se la costeaba un tío cura. Pero nada de esto dejaba traslucir su exterior, siempre pulcro y aliñado. Había crecido y engordado hasta convertirse en lo que el vulgo suele llamar «un real mozo.» Su rostro, aunque sin expresión, no tenía nada de repulsivo; era fresco, sonrosado, rebosando de salud y cercado por una patilla rubia y precoz que le sentaba admirablemente. Lo único que afeaba aquella figura hermosa e imponente, era cierta desproporción entre la cabeza y el tronco: era un poco cabezudo. Miguel se había quedado pequeñito y menudo: poseía en cambio una fisonomía expresiva y simpática, modales sueltos y un modo de hablar tan agraciado, que cautivaba a cuantos le trataban. Su temperamento inquieto se había modificado, o, por mejor decir, había tomado otro sesgo, manifestándose ahora en su conversación, siempre viva y salpicada de frases oportunas: para intimar con cualquier persona le bastaba media hora.