Pocos meses después de abierto el curso, se encontraron Miguel y Mendoza en la calle. Aunque seguían siendo muy amigos, estaban algo alejados en el trato, a consecuencia de la vida tan distinta que hacían; pues mientras Mendoza asistía con puntualidad a las cátedras y pasaba muchas horas en casa, el hijo del brigadier rodaba en compañía del teniente y sus nuevos amigos por los cafés, teatros y otros sitios menos santos todavía de la corte. Se saludaron con efusión y se contaron su vida. Mendoza aconsejó a su amigo que fuese por la Universidad, porque era muy fácil perder curso; los profesores tenían fama de severos; las asignaturas eran largas y difíciles, y acostumbraban a apretar más a los que no asistían a clase. Miguel se encogió de hombros, riose un poco de la gravedad con que Mendoza le decía todas aquellas cosas, y prometió ir a la Universidad y empezar a estudiar de firme. Después Brutandor le habló con rubor de ciertos apuros económicos que a la sazón padecía.

—En este momento—le dijo—iba pensando en ti y trataba de ir a visitarte por si pudieras sacarme de este pilanco... Debo a la patrona cerca de dos meses...

—¿Qué dinero necesitas?—le preguntó Miguel en seguida.

—Cuarenta duros.

—Pues no los tengo; pero mañana se los pediré a mi tío con cualquier pretexto, y te los daré... Pásate a la hora de comer por mi casa.

Al día siguiente se pasó, en efecto, por la calle de Jacometrezo, y Miguel le dio los cuarenta duros.

Trascurrido algún tiempo, Mendoza volvió a visitarle y le pidió veinticinco. Se encontraba en deuda con otra patrona, pues se había mudado a la calle del Pez. Miguel volvió a abrir su bolsa y a remediarle. Por fin, cierta noche en los últimos días de enero, regresando Miguel a casa, le dijo el criado al entregarle la luz:

—Señorito, en su cuarto está un joven que ha venido ya otras veces a verle... Llegó en mangas de camisa y sin sombrero y me pidió por favor que le dejase entrar a esperarle... No sé si habré hecho bien... Me dijo que le había pasado una desgracia...

Miguel, lleno de asombro, se dirigió a su habitación: al entrar oyó la voz de Perico.

—Buenas noches, Miguelito.